Archive for the ‘personal’ Category
Chicos malos
Viernes, julio 23rd, 2010
Las novelas baratas nos muestran héroes despiadados o villanos que cambian su manera de ser tan sólo por amor a la heroína. Esta forma de ver las relaciones de pareja es bastante popular en los relatos de ficción, haciendo en algunos casos que las ventas de ejemplares se disparen, pero al poner los pies sobre la tierra vemos que este tipo de relaciones no funcionan porque ¡el chico nunca cambia!.
Los hombres buenos, es decir, considerados, educados, abiertos, vulnerables, generosos, atentos, apreciativos, cálidos, dulces, y expresivos con sus afectos, que no han podido mantener una relación con la mujer que deseaban porque ésta se ha ido con el “chico malo” suelen afirmar que “las mujeres no quieren un hombre bueno, sino uno que las trate mal“. Sin embargo, las mujeres, al igual que la mayoría de las personas, quieren estar con una persona buena, que las respete y las trate bien. Entonces ¿cómo es posible que no estén con los chicos buenos?
Está claro que las mujeres quieren que se las trate bien, pero al mismo tiempo y casi con más fuerza quieren sentirse especiales. Así, cuando un hombre es bueno con ellas, están contentas y agradecidas, pero cuando el hombre es amable y bondadoso con el resto de la gente, ellas comienzan a preguntarse “¿cómo podré saber si realmente me ama a mi?“. Es entonces cuando comienzan a buscar pruebas de ese amor verdadero ¿y qué más sencillo que encontrar a un hombre malo que cambie por amor?
De esta forma algunas mujeres quieren ser tratadas bien por hombres que no son buenos, hombres cuya única razón para ser buenos sería el estar obligados a cambiar por amor hacia esa mujer especial. Esto garantiza a la mujer que ellos han cambiado por amor y que las quieren sólo a ellas, sin embargo, con el tiempo, ella volverá a preguntarse ¿dónde me equivoqué?
Para evitar este tipo de situaciones podemos utilizar un coach, quien nos ayudará a identificar la pareja que buscamos, al hombre que nos haga vibrar o a esa mujer que nos llene y que nos permita volver a enamorarnos.
Crash n burn
Miércoles, julio 21st, 2010
¿Cuántas veces un hombre se ha acercado a una mujer con el objeto de entablar algo más que una conversación y ésta lo ha rechazado de manera casi fulminante? Ejemplos de hombres que fracasan en su intento por conquistar a una mujer los encontramos cada vez que salimos a tomar una copa.
El fin de semana pasado, sin ir más lejos, tuve la ocasión de comprobar cómo tres hombres se estrellaban de forma estrepitosa al intentar abordar a una mujer que entró con sus amigas en el local en el que nos encontrábamos. Apenas este grupo de chicas había cogido las copas en sus manos cuando el “macho alfa” de un grupo se acercó a una de ellas por detrás, la tocó en el hombro y comenzó su discurso. No sé lo que la diría, pero no pasaron ni treinta segundos antes de que la joven le diera las gracias por el intento y lo mandara de vuelta con sus amigos. A los pocos minutos otro incauto realizó una maniobra muy similar a la del primer audaz con un resultado idéntico. Como la noche era joven, había poca luz, exceso de humo en el ambiente y puede que el nivel de alcohol en sangre fuese el idóneo para romper la timidez, un tercer galán probó fortuna con la misma mujer y… “crashed & burned“.
Este ejemplo sólo nos demuestra que existen hombres que no prestan atención a las señales que nos envían nuestras compañeras de juego y que, por tanto, su única diversión es darse de bruces contra una pared de hormigón armado con la única satisfacción de poder decir luego a sus amigos algo así como: “ayer entré a quince tías en toda la noche“, “es que las mujeres están locas” o “es que las mujeres no saben lo que quieren“.
Siento comunicar a este tipo de hombres que las mujeres tienen muy claro lo que quieren y no es un “tío brasas” que la avasalla sin haber sido invitado a la fiesta. Ellas, al igual que nosotros, otean el horizonte en busca de esa persona que llame su atención. Una vez la encuentran se iniciará la comunicación no verbal. Primero una sutil mirada, seguido de una sonrisa y tal vez otra tímida mirada que nos permita detectar que está interesada en nosotros. Luego, la bola está en nuestro tejado. Si esto no ocurre, no importa, esperemos un poco más. Leamos las señales que nos envían. Analicemos qué es lo que quiere cada mujer a través de su comunicación no verbal. En definitiva, comprendamos qué quiere cada mujer en ese momento.
Si hemos conseguido superar el primer paso, entonces las mujeres esperan encontrar a ese hombre seguro de si mismo que no tenga miedo de andar esos diez o veinte metros que los separan. Hay ocasiones en las que ciertos hombres se aferran a su pinta de cerveza, bien por timidez o bien por miedo a no sostenerse en pie si se bajan del taburete.
Una vez estamos a su lado, las mujeres esperan encontrar un hombre simpático y divertido, que las haga reír, y con la suficiente imaginación para que no tenga que preguntar “¿perdona, creo que me estabas mirando?“. Seamos espontáneos, comencemos con algo fuera de lo normal sin que esto tenga que ser grosero, la grosería la podemos dejar para la alcoba si es lo que nos gusta a ambos en un momento de lujuria.
Una de las cosas a tener en cuenta es que las mujeres no quieren al típico hombre que salta de flor en flor. Las mujeres quieren sentirse especiales, quieren ser la flor elegida de entre todas las que se encuentran en el jardín. Para ello el hombre deberá estar atento a las señales que va recibiendo de todas las mujeres que allí se encuentran, buscando esa sonrisa o esa mirada de complicidad y así, al final, decantarse por aquella cuyas señales hayan sido mejor decodificadas.
Otra cosa a tener en cuenta es que las mujeres son muy asustadizas. Cuántas veces nos hemos aproximado a alguna amiga por detrás y la hemos dado un susto de muerte sin nosotros quererlo. Si es importante no asustar a nuestras amigas cuánto más importante será no asustar a la mujer que queremos conquistar. Por ello es importante recordar que siempre nos debemos acercar de cara a esa mujer con la que queremos contactar por primera vez.
También es importante tener en cuenta que, si bien es cierto que a todos nos puede gustar una caricia, tengamos las manos a buen recaudo durante los primeros diez minutos de conversación. Pasado este tiempo podemos tocar ligeramente a la otra persona en su zona neutra – entre el hombro y el codo de su brazo – para mostrar nuestro interés por ella, pero nunca con el ánimo de “meterla mano” o “sobarla“, ya que ellas detectarán esa sutil diferencia y nos alejarán de su lado.
Una vez seamos maestros en el arte de seducir, seremos capaces de iniciar relaciones allá donde vayamos con la persona que nos interese, como le ocurrió a un amigo el otro día en la piscina. Al poco rato de estar tumbados al sol este amigo detectó que una chica que paseaba junto a su amiga por el borde del estanque para el baño le miraba. Después de varios paseos arriba y abajo para cerciorarse de que la había visto, la chica en cuestión comenzó a interactuar con el joven agraciado por medio de su comunicación no verbal: primero una sutil sonrisa, luego un guiño, más tarde le sacó la lengua a modo de niño travieso. Después de un tiempo comunicándose en la lejanía ellas se acercaron y pusieron sus toallas cerca de las nuestras. Al final de la tarde la interesada le dio un trozo de papel a nuestro amigo en el que le indicaba claramente su dirección de correo electrónico y su número de móvil para que la llamara y pudieran quedar otro día.
Gestión del cambio
Lunes, julio 19th, 2010
El cambio es algo que está presente en nuestras vidas desde el momento en que somos concebidos. Los cambios celulares de los que no somos conscientes no nos suelen preocupar, a menos que estos degeneren en una enfermedad que sea detectada. Sin embargo, aquellos cambios que se producen en nuestro entorno y que afectan a nuestra identidad o forma de vida son contra los que nos revelamos y debemos aprender a gestionar.
Hace unos días el gimnasio al que acudo habitualmente cambió de instalaciones. Aunque el nuevo local es más grande y algunas de sus máquinas y servicios son completamente nuevos, un gran número de personas no estaban del todo contentas con la distribución de las máquinas, la entrada a las salas, los vestuarios, o cualquier detalle que fuera diferente a lo que ellas estaban habituadas, siendo algunas de las frases más escuchadas: “el otro gimnasio era mejor“, “me voy a ir de aquí“, “esto no me gusta nada“.
En nuestra vida sentimental los cambios tampoco son bien recibidos. Si no tenemos pareja y comenzamos una relación con una persona nueva, la entrada de ésta en nuestras vidas, y más en concreto en nuestra casa, puede hacer que nuestro cuerpo experimente sensaciones hasta entonces desconocidas debidas a los comportamientos de la otra persona que nos estresan sin razón aparente. Cuántas veces habremos escuchado: “es que me lo cambia todo de sitio“, “es que me quiere redecorar la casa“, “es que me quita el mando de la televisión“, “es que me deja los calcetines sobre el sofá“, “es que no mete las cosas en la lavadora“.
Algo parecido ocurre cuando nuestros hijos vuelven al hogar familiar a pasar unos días de vacaciones. Y no digamos nada si estos vienen acompañados por su pareja e hijos. En estos casos los progenitores experimentan un desasosiego que puede terminar colmando el vaso y haciendo que un camino de rosas se convierta en un auténtico calvario si no se tiene un poco de sentido del humor.
Ante un cambio las personas se pueden resistir e intentar no amoldarse a dicho cambio. En el caso del gimnasio los clientes se pueden ir a otro gimnasio de la zona; frente a una relación de pareja puedo ir yo a su casa en vez de que venga la otra persona a la mía, o romper la relación si no nos lleva a ningún sitio; en vacaciones puedo buscar otro lugar donde pasar mi tiempo libre que no sea molestando a mis padres o a los de mi pareja; y en el caso de un trabajo… ¡me puedo buscar otro!
Todo cambio que suframos en nuestra vida personal es, en mayor o menor medida, importante para nosotros. En esos momentos es normal que algunas personas tengan miedo a ese cambio porque tal vez crean que al cambiar dejarán de ser ellas mismas: “Si cambio ya no soy yo“.
Por el contrario, otras personas consideran que el cambio es positivo, que las aporta nuevas oportunidades de crecimiento y desarrollo. Estas personas están dispuestas a adaptarse a los cambios porque tienen en su mente un objetivo superior al mero hecho de dejar de ser ellas mismas: crecer como personas.
En cualquier caso hay que tener en cuenta que las personas pueden cambiar, si bien la velocidad de adaptación a la nueva situación dependerá de la edad de la persona, su bagaje cultural y su forma de ser.
También es importante tener en cuenta que los cambios progresivos son menos impactantes y obtienen menos rechazo que aquellos que son de un día para otro y a la persona le supone un cambio drástico en su forma de actuar. Por eso las grandes empresas llevan años desarrollando sus departamentos de recursos humanos en el área de gestión del cambio, para que sus empleados puedan ser ayudados de forma progresiva con la adaptación de la empresa a su nuevo entorno empresarial, tanto en relación con las nuevas tecnologías como en los cambios debidos a una crisis económica.
Un coach puede ayudar a las personas a sobrellevar un cambio drástico a través de la metodología empleada en el coaching, así como a aquellas personas que consideren que su vida personal o profesional debe cambiar para poder conseguir de una vez por todas sus objetivos. El desarrollo de habilidades interpersonales es un buen ejemplo de cambio en el comportamiento que beneficia a la persona en su entorno laboral y personal.
En sus zapatos
Lunes, julio 12th, 2010
Hace unos meses una amiga recibió una llamada a las nueve de la mañana. Al descolgar el teléfono, la voz al otro lado del aparato la dijo: “¿Es usted la madre de Fulanito? – Sí, soy yo- ¿Está sola? – Sí - Siéntese… su hijo ha fallecido en accidente de tráfico esta madrugada“. Esta escena, que puede parecer inusual, se produjo 1.902* veces en 2009 y se ha producido en 762* ocasiones en lo que va de año.
La campaña estival de la Dirección General de Tráfico (DGT) nos muestra una escena muy similar a la descrita en el párrafo anterior. De hecho, durante los últimos años las campañas publicitarias de la DGT han estado cargadas de polémica por el realismo y crudeza de algunas de las imágenes mostradas al público, lo que ha hecho que los expertos se planteen si la emisión de dichas imágenes es la mejor manera de concienciar al público de los riesgos de una conducción imprudente.
Desde hace unas semanas, el Ministerio del Interior comienza su propia campaña publicitaria en radio invitando a los más de 40 millones de usuarios de teléfonos móviles a incluir en la agenda de su teléfono las siglas AA (Avisar A) con el objeto de poder contactar con el pariente más cercano en caso de que el usuario de dicho aparato sufra un accidente.
Las nuevas tecnologías florecen desde hace años en nuestros bolsillos, tanto en forma de móviles de tercera generación como de D.N.I. electrónico; o en los colegios y universidades con aparatos que facilitan la docencia. El efecto de las nuevas tecnologías también se nota en las empresas, las cuales han podido reducir los gastos de viajes de personal gracias a las vídeo-conferencias. Todo avance tecnológico que suponga una mejora para nuestro bienestar debe ser considerado como positivo.
Sin embargo, tal y como muestra George Clooney en su película Up in the air, hay situaciones donde las nuevas tecnologías no deben sustituir al ser humano. Alguno de estos casos son: la ruptura de pareja, el despido de un empleado o el fallecimiento de un ser querido. En estos momentos, y en otros de gran calado emocional, es necesaria la presencia de una persona que pueda ayudarnos a sobrellevar el dolor de la pérdida sufrida.
Es posible que las nuevas tecnologías nos ahorren tiempo y dinero, que mantengan nuestro anonimato e incluso que nos permitan salir de una situación emocional incómoda con el simple gesto de colgar el teléfono. Quizás utilizar campañas publicitarias con imágenes de cierta crudeza sea lo que necesiten los espectadores para concienciarlos de los peligros de la carretera, pero al mismo tiempo estamos consiguiendo que aquellas personas con menor habilidad para gestionar sus emociones se oculten detrás de sus fortalezas invisibles, encerrándose en su mundo y haciéndose más insensibles ante aquellas situaciones de alto calado emocional.
La falta de empatía, el distanciamiento de los problemas ajenos puede hacer que algunas personas vuelvan a casa sin una mochila adicional cargada de emociones negativas que no saben gestionar, pero al mismo tiempo, esa falta de desarrollo emocional nos puede hacer más inhumanos con el paso del tiempo.
La buena noticia es que las personas podemos aprender a gestionar nuestras emociones. Un coach puede acompañarte en el desarrollo de esta habilidad interpersonal que con el tiempo puedes llevar a tu trabajo porque, si es importante el contacto personal cuando se le informa a una persona que está despedida ¿no sería más importante hacerlo de forma personal cuando se le informas del fallecimiento de un ser querido?
* Fuente: Estadísticas e indicadores de la DGT. Comparativa mensual de víctimas mortales en los dos últimos años. Datos a fecha 6 de julio de 2010.
Criando parricidas
Martes, julio 6th, 2010
Hace poco me contaban una escena que tuvo lugar en el metro entre una madre y su hijo de corta edad. El comportamiento de la criatura, revoloteando por todo el vagón y molestando al resto de pasajeros, no debía ser el que la madre deseaba en ese momento para su churumbel, por lo que cuando el angelito colmó la paciencia de su progenitora ésta le lanzó un cachete para marcar el fin de un comportamiento que la estaba poniendo en evidencia ya que no era del todo apto en dicho entorno.
Sin querer entrar en la polémica de si la madre se extralimitó al darle un tortazo a su hijo, o de si ésta debió concluir el comportamiento de su hijo mucho antes para evitar llegar a esa explosión emocional, la situación descrita en el párrafo anterior puede ser bastante normal en una relación entre padres e hijos. Sin embargo, lo que realmente llama mi atención no es el hecho de la agresión física, aunque esta tenga su importancia, sino los comentarios que la madre, y posteriormente la amiga que la acompañaba, realizaron al galopín.
Tras el manotazo, la madre abroncó a su hijo en tono desafiante con un: “¡A ver, devuélveme, devuélveme el tortazo!” Mientras que su amiga reprendía al mozalbete con un: “!qué cobarde!, ¡vaya cobarde!”.
Está claro que la criatura no tenía el tamaño ni la fuerza para devolver el tortazo a la madre. De hecho, es posible que si hubiera amagado para darla un golpe ésta le hubiera respondido con un guantazo que le hubiera puesto la cara del revés. Es posible que la criatura también estuviera falta de ánimo y valor para tolerar la desgracia que le había caído en forma de bofetada tal y como afirmaba la amiga, pero también es posible que en su todavía aturdida cabecita se escuchara una vocecilla que decía: “espera, espera a que sea grande y ya veremos si te atreves a darme otro tortazo. Ya veremos quién es el cobarde entonces“.
No sé si este tipo de desafíos son la causa de que a fecha de hoy no sea raro escuchar en las noticias casos de hijos que maltratan a sus padres, pero las observaciones que llevo realizando durante los últimos meses me demuestran una laxitud en la educación que proporcionan los padres a sus hijos.
Tal vez esta laxitud sea el efecto rebote de una educación más estricta recibida en las familias y colegios durante los años 50 y 60 del siglo pasado. O probablemente sea debido a que algunos padres de hoy en día no tuvieron ciertas libertades en los años de la dictadura y quieren que sus hijos sean totalmente libres para hacer lo que quieran. O quizás sea debido a que los padres del siglo XXI no tienen el tiempo ni la energía suficiente para corregir y educar a su prole después del trabajo.
En cualquier caso hay que tener en cuenta que estas pequeñas criaturas son las que gobernarán y regirán nuestra sociedad dentro de unos años y, como padres y ciudadanos, debemos ser responsables y preguntarnos si son los comportamientos y valores que estamos inculcando en nuestros hijos los que queremos que tengan nuestros futuros directivos y gobernantes.
Si, todavía estamos a tiempo de reeducar a estas maravillosas criaturas para que cambien. Lo único que necesitamos es aumentar nuestra fortaleza mental para identificar cuáles son nuestros objetivos para con ellos, cuáles son los valores que queremos inculcarles, cuál es nuestra responsabilidad como padres. En todo esto nos pueden ayudar desde orientadores expertos en el tema hasta coaches que nos acompañarán en este camino sin que fracasemos en el intento.
Fracaso escolar
Viernes, julio 2nd, 2010
El fracaso escolar es la palabra que más se oye en los corrillos de padres y profesores durante estos días en los que salen a la luz las notas globales del curso. De hecho, no es raro ver por los pasillos de los colegios a padres con cara de preocupación hablando con tutores y orientadores para saber qué tienen que hacer este verano con sus vástagos para que pasen de curso en septiembre.
La responsabilidad de los padres puede que no sea preocuparse por sus hijos, pero es esta la que hace que acudan a los centros de estudios para informarse y averiguar qué es lo que han hecho mal nuestros futuros líderes. Las respuestas que ofrecen los profesores y orientadores parecen estandarizadas, como sacadas de un manual: “no presta atención en clase“, “no se organiza“, “no se planifica“, “se distrae con facilidad” y alguna otra que denota que el alumno es un vago o incluso una persona conflictiva.
Esta imagen de zángano puede verse reforzada si el joven ha tenido durante los últimos meses un profesor particular cuyos comentarios finales han sido del tipo: “no trabaja lo suficiente“, “no hace todos los ejercicios“, “no se concentra” o cualquier otra frase que denote falta de esfuerzo o interés por parte de su discípulo.
Las soluciones que suelen ofrecer los tutores y orientadores en este tipo de situaciones suelen ser también muy estandarizadas: “necesita organizarse“, “necesita planificarse“, “necesita hacer un esfuerzo” y cualquier otra que indique que debe ponerse las pilas durante los próximos meses. En algunos casos sugieren que el joven sea supervisado por una tercera persona, ya sea un profesor particular o en una academia.
Sin embargo, lo curioso de todo esto no es escuchar lo que los padres y profesores tienen que decir sobre el joven protagonista, sino el papel que este adopta de forma casi involuntaria mientras se encuentra en esa situación y a la que nadie presta atención.
El protagonismo está claro que es del alumno, ya que es el responsable de haber suspendido y quien debe recuperar en pocos meses. Sin embargo, éste queda relegado a un segundo plano, bien junto a los padres con cara de despistado como si la escena no fuera con él; bien detrás de sus progenitores, escondiéndose de la lucha dialéctica; bien sentado un nivel por debajo, demostrando de esta forma un subordinamiento e inferioridad frente al resto de personas; o bien, en el peor de los casos, rompiendo a llorar debido a la alienación de los padres.
Los jóvenes no fracasan en sus estudios porque sí. Las razones pueden ser múltiples y variadas, pero siempre suele haber algo detrás que hace que se depriman, que no quieran estudiar, que prefieran evadirse con sus juegos evitando así la realidad. Lo bueno de todo esto es que estos pequeños adultos tienen una capacidad increíble para cambiar y estar funcionando de nuevo al 100% en menos tiempo que lo haría un adulto.
No hay que desesperar en estos casos, pero si coger el problema a tiempo, bien utilizando la ayuda de un psicólogo o la de un coach que ayude al joven a establecer sus objetivos, aumentar su motivación, hacerse responsable de sus estudios, desarrollar su concentración y disciplina, aprender a planificarse y organizarse, al tiempo que encuentra un equilibrio entre el estudio y la diversión que permitan que sea un buen líder en el futuro.
El efecto fulana
Miércoles, junio 30th, 2010
Durante los últimos meses me he encontrado con mujeres que se encontraban con serias dificultades a la hora de llamar por primera vez a un hombre a los pocos días de conocerlo. Una de estas mujeres no llamó a ese hombre que había conocido por miedo a lo que éste pudiera pensar de ella. Otra lo llamó, pero se pasó los primeros cinco minutos de conversación disculpándose por la llamada para que el receptor no pensara “nada raro de ella“.
Pese a los movimientos feministas y a la liberación sexual, algunas mujeres de nuestra sociedad siguen considerando que llamar por teléfono a un hombre por primera vez es un acto agresivo, que denota cierta desesperación sexual e incluso que ofrece una imagen de mujer promiscua. Y es la promiscuidad, el hecho de ser considerada una fulana, es decir, una mujer que mantiene relaciones sexuales con varias personas, lo que está cargado de connotaciones negativas.
Las mujeres que sufren del “efecto fulana” pueden ser mujeres de cualquier edad, rango social o nivel cultural, pero tienen en común que todas ellas evitan llevar a cabo cualquier acción que produzca como resultado una imagen de mujer promiscua. Y es esta falta de acción la que impide que consigamos nuestros objetivos.
Si bien un primer paso para romper este bloqueo puede ser el identificar aquellas acciones que pueden darme esa imagen de mujer promiscua para evitarlas en la medida de lo posible mientras analizo sus ventajas y desventajas, o mientras veo si tienen un peso específico real en mis relaciones, la experiencia nos muestra que en el arte de seducir la mejor manera de proceder es con naturalidad, utilizando el sentido del humor, despertando la curiosidad de la otra persona, mostrando tu personalidad y permitiendo que la relación fluya por los caminos que vamos trazando, sin agobios ni prisas.
Quiero comunicarme
Lunes, abril 26th, 2010
En ocasiones nos acicalamos con alguna prenda de vestir que nos hace sentirnos bien, que realza alguna de nuestras cualidades físicas o que por lo menos disimula ese kilito de más que hemos ganado durante el pasado invierno. Acto seguido salimos de casa con el objetivo de divertirnos y comunicarnos con aquellas personas con las que nos topemos en el camino. Sin embargo, al finalizar la noche volvemos a nuestra casa cabizbajos, con las manos en los bolsillos y un amargo sabor a derrota provocado en gran medida por no habernos comunicado con esa persona que llamó mi atención.
Si, es posible que seas de esas personas que están deseosas por charlar con otros seres humanos, que estés esperando a que te hagan una pregunta o te den pie para iniciar una disertación sobre alguno de los innumerables temas que tienes almacenados en tu cabeza, sin embargo, nadie se acerca, nadie te habla, y no es porque vayas con harapos ni tu cara esté desfigurada, porque incluso en esos casos la gente se podría acercar para preguntarte dónde compraste ese andrajo o para darte la dirección de un cirujano plástico que hace maravillas.
Para que alguien se acerque a charlar con nosotros, o bien nosotros tener la puerta abierta para iniciar una conversación con otras personas, lo primero que tenemos que recordar es que nuestros gestos, posturas y miradas suponen un 55% de nuestra comunicación. Así podemos llamar la atención y atraer sutilmente a la persona que nos cae en gracia con una sonrisa y una dulce mirada que diga “me gustas, acércate, quiero hablar contigo” aunque ésta se encuentre al otro lado de la barra; o todo lo contrario, alejarla dándole la espalda y mostrando así que no queremos saber nada de ella cuando está a punto de iniciar la conversación.
Una vez tenemos a esa persona junto a nosotros y vamos a comenzar a hablar, es importante tener en cuenta el tono, la velocidad y el volumen de nuestra voz, la cual supone un 38% de nuestra comunicación. Por ello, un simple “qué ojos más bonitos” dicho con un tono grave, pausado y susurrándolo al oído puede ser mucho más eficaz que una frase original dicha deprisa, con timbre agudo y vociferando.
Las palabras, a las que damos tanta importancia, sólo suponen un 7% de la comunicación, por lo que podríamos hablar en klingon (lengua creada por Marc Okrand para los estudios Paramount Pictures) y aún así enamorar a la persona que tenemos frente a nosotros. Ahora bien, si ambos hablamos el mismo idioma, está claro que algunas personas prefieren a individuos que sean creativos y tengan conversaciones originales aunque estas no sean en klingon.
Por lo tanto, la próxima vez que te sientes en una terraza tómate un tiempo para ajustar tus gestos, tu mirada y tus posturas a lo que realmente quieres transmitir a las personas que pasen frente a ti. Y cuando comiences una conversación acomoda el tono de tu voz, la velocidad y el volumen a lo que quieras manifestar.
Qué quiere ella
Jueves, marzo 25th, 2010
La miras. La sonríes. Te acercas a ella. Hablas con ella. Quedas para otro día. Y otro. Y otro. Y de pronto, un día, como por arte de magia, te das cuenta de que has comenzado una nueva relación de pareja. Sin embargo, después de varios meses con esa persona aparecen en tu cabeza frases como “no hay quién la entienda“, “nunca los comprenderé“, “no podemos vivir sin ellas, ni con ellas“, “pueden pasar más de mil años y aún así no sé lo que quieres“.
Si una persona no tiene interés por saber lo que quiere su pareja, una de las alternativas es vivir sola. Ser soltero es una opción de vida que nos permite la sociedad actual sin ser tachado de bicho raro, de solterona o de amargado. La persona soltera opta por no compartir su vida con nadie o, cuando lo hace, es para realizar actividades de ocio con otras personas con los mismos intereses, o incluso para satisfacer sus necesidades fisiológicas con personas que tampoco quieren ningún compromiso a corto plazo. De esta forma el soltero se convierte en una persona sin responsabilidades ni ataduras. Un ser libre. Una forma de vida que puede ser muy apetecible para algunos, pero que al mismo tiempo tiene sus desventajas emocionales, como puede ser el llegar a una casa vacía donde lo único que te espera es el silencio.
Otra de las alternativas que puede permitirnos comprender mejor a nuestra pareja es tener una del mismo sexo. Hoy en día pocas personas se asustan cuando escuchan la palabra “gay” u “homosexual“, y no es raro encontrarse con personas que tienen más de un amigo o conocido “gay” en alguno de sus grupos de contacto más habituales. El tener una pareja del mismo sexo es una opción que puede ser percibida por algunas personas como de mayor sintonía, ya que al ser del mismo sexo nos pueden gustar las mismas cosas y tener un pensamiento más similar y acorde con el nuestro, evitando así malentendidos entre ambas partes.
En cualquier caso, tanto si estamos solteros como si tenemos una pareja heterosexual u homosexual, hay que tener en cuenta que no todas las personas tienen la misma facilidad para comunicarse con sus semejantes. Incluso cuando se comunican, pueden emitir mensajes contradictorios, dificultando y confundiendo al receptor.
También hay que tener en cuenta que si a una persona le puede costar responder a la pregunta ¿qué es lo que quiero? no es raro que le cueste aún más responder a la pregunta ¿qué es lo que quiere mi pareja?
El objeto de realizar esta pregunta no es ser una persona sumisa que hace todo lo que quiere su cónyuge, sino para tener la capacidad de identificar los intereses de la otra persona y alinearlos con los míos para conseguir un objetivo común: el ser feliz. Inconscientemente esto nos facilita el poder realizar preguntas abiertas y desarrollar la escucha activa poniendo de relevancia la comunicación basada en intereses y no en las posiciones de cada parte.
La lección que podemos aprender de todo esto es que mientras en el último cuarto del siglo XX se asentaron en nuestro país las bases para la igualdad entre hombres y mujeres, se aceptaron los mismos derechos para ambos sexos ante la ley, se allanó el acceso de la mujer a los puestos de trabajo garantizando así su independencia económica, y se derrumbaron algunas creencias que consideraban a las mujeres solteras o divorciadas como bichos raros, madres malvadas o indignas esposas, la comunicación entre ambos sexos no ha sufrió la misma evolución.
Está ahora en nosotros el cambiar y mejorar la comunicación de pareja para evitar que dentro de unos meses surjan en nuestra mente frases como “no te entiendo“.
¿Cuánto puedo cambiar?
Jueves, marzo 11th, 2010
Si preguntas a tus amigos si una persona puede cambiar de forma de ser es posible que la gran mayoría te responda de forma automática con un rotundo “¡no!“. Sin embargo, si preguntas si una persona puede cambiar sus comportamientos puede que tarden unos segundos y respondan con un “tal vez“. Efectivamente, las personas pueden modificar sus comportamientos de forma consciente o inconsciente, y por ende, su forma de ser. Dicho esto ¿cuánto puede cambiar una persona en un plazo de tiempo determinado?
Comencemos diciendo que se entiende como cambio del comportamiento de una persona la adquisición de una nueva manera de actuar o proceder que tiene permanencia en el tiempo, excluyendo así cualquier actuación puntual que, mediante amenazas, se haya ejercido sobre la persona para obligarla a obrar en un sentido contrario al de sus principios básicos.
Dicho esto realicemos ahora un pequeño ejercicio para comprender mejor cuánto puede cambiar una persona. Escoge a un compañero o amiga que se encuentre a tu alrededor. Ponte frente a ella y observa durante un par de minutos a dicha persona, la ropa que lleva, los accesorios, el pelo. Ahora daros la vuelta y cambiad cinco cosas de vuestra persona sin que el otro os vea. Cuando hayáis acabado giraros para volver a estar el uno frente al otro. Observa de nuevo a la otra persona e identifica las cinco cosas que ha cambiado en ella.
Si no tienes a nadie a tu alrededor mientras lees este artículo también puedes hacer este ejercicio. Lo único que tienes que hacer es cambiar cinco cosas en ti o también puedes hacerlo frente a un espejo donde puedas observar tu cuerpo entero.
Para rizar un poco más el rizo daros la vuelta de nuevo. Cambiad ahora otras cinco cosas. Si estas solo no hace falta que te des la vuelta, directamente cambia esas cinco cosas. Cuando hayáis acabado volved a poneros el uno frente al otro e intentad identificar las cinco cosas que la otra persona ha cambiado en esta ocasión.
Llegados a este punto sólo me resta dar mi más sincera enhorabuena a aquellas personas que hayan identificado las diez cosas que ha modificado la persona que tenían frente a sí, concluyendo así este simple ejercicio.
Como habréis podido observar las personas tenemos cierta facilidad a la hora de cambiar algunas cosas. A muy pocas personas les habrá costado esfuerzo cambiar las cinco primeras cosas por muy atónitos que se hayan quedado al escuchar la petición. Algunos se habrán cambiado el reloj de muñeca, o se habrán quitado la sortija del dedo y se la habrán guardado en un bolsillo, o se habrán descalzado, o incluso se habrán podido hacer una hermosa coleta utilizando el pañuelo que llevaban puesto. Estas modificaciones que hemos realizado en nuestra persona son cambios superficiales que apenas han supuesto una distorsión sobre nuestra identidad.
Este tipo de cambios existen en nuestra vida diaria sin que apenas nos demos cuenta de ellos. Es posible que sean tan insignificantes como tomar una cucharada de azúcar con el café en vez de dos, sustituir el propio café por un té o una infusión, cambiar la leche normal por la desnatada o incluso la de soja, etc. Son cambios que realizamos sin apenas esfuerzo y que sin modificar drásticamente nuestra forma de ser ni nuestra identidad nos permiten llevar una vida más sana o más equilibrada, por ejemplo.
Ahora bien, al proponer cambiar cinco cosas más, es posible que algunas personas hayan puesto el grito en el cielo: ¡imposible!; o se hayan indignado: ¡pero qué quiere que cambie ahora!; o incluso sorprendido: ¿más cosas? Aún así se han puesto manos a la obra, se han estrujado un poco más el cerebro y, al final, han conseguido cambiar cinco cosas más: la corbata en la cabeza a modo Rambo; los pantalones subidos hasta las rodillas como si estuviera paseando por la playa; la chaqueta del revés; el collar en la muñeca o el pelo recogido en un moño pinchado con dos lápices.
De igual manera este tipo de cambios también se dan en nuestra vida cotidiana. El hecho de dejar de fumar, o de no ingerir cierto tipo de grasas, o carne roja, pueden ser un buen ejemplo de ello. Estos cambios suponen un esfuerzo inicial hasta que logramos convertirlos en hábitos, pero sabemos que si lo conseguimos reduciremos nuestro colesterol, la probabilidad de padecer un infarto de miocardio o incluso una insufrible gota en el pie. La formación de nuevos hábitos suele llevar entre 22 y 33 días según los expertos.
Todo esto está muy bien, pero lo realmente curioso e interesante de todo el proceso de cambio está en dos momentos concretos. El primero de ellos al comenzar el ejercicio. ¿Has llegado a comenzar el ejercicio? Es muy probable que la mayoría de las personas que han leído estos párrafos ni siquiera lo hayan intentado. Estas personas habrán leído lo que decían los diferentes párrafos del ejercicio y, sabiendo lo que tenían que hacer, no habrán hecho nada. A lo sumo habrán realizado el ejercicio mentalmente, pensando para sus adentros: “me cambiaría el reloj, me quitaría los zapatos o me pondría un collar“, pero no han pasado a la acción.
No es la primera vez que me encuentro con personas que me dicen: “yo ya sé cuáles son mis objetivos” o “yo ya sé lo que tengo que cambiar” pero luego no hacen nada, no lo llevan a la práctica y se quedan como al principio. Estas personas no están disponibles para cambiar, no pueden comenzar un proceso de coaching porque tienen otras cosas en su cabeza, o tal vez tengan ciertos miedos irracionales que les impiden moverse de donde están, o están muy cómodos donde ahora se encuentran, o su forma de ser les aporta ciertos beneficios a los que no están dispuestos a rechazar.
El segundo momento de interés ha sido al finalizar el ejercicio. ¿Has vuelto a poner las cosas que habías cambiado en su sitio original? Si es así ¿quién te ha dicho que lo hagas? ¡porque yo no! Este comportamiento tan sólo nos demuestra que aunque nadie te diga nada, las personas tendemos a volver al lugar donde nos encontramos a gusto, en el que nos sentimos cómodos. Puede que algunas personas se hayan vuelto a poner el reloj en la muñeca, el anillo en el dedo y el pañuelo alrededor del cuello de forma casi inconsciente.
Estas personas se sienten cómodas en ese estado, por lo que vuelven a ese punto como un muelle retorna a su posición inicial. Por el contrario, otras personas habrán devuelto a su posición inicial sólo parte de las cosas que se habían cambiado de lugar, pero no todas. Esto nos demuestra que las personas podemos cambiar, pero tanto y tan deprisa como nos permita nuestra incomodidad. De hecho, el coach busca sacar a las personas de su círculo de comodidad para que puedan ampliarlo y así mejorar y desarrollarse, ampliando su punto de vista y desarrollando su creatividad para obtener más opciones y alternativas a un mismo problema.