No eres tú

29 mayo, 2011 por mycoach

Desde hace algún tiempo conozco a una mujer con la que de vez en cuando tengo la oportunidad de cruzar alguna palabra en un ambiente distendido que nos permite una conversación cuyo único objetivo es disminuir la tensión del día durante unos minutos.

Pues bien, durante uno de estos encuentros, y mientras la conversación saltaba de tema en tema cual saltamontes por el campo, esta chica murmuró con voz tímida “a mi nunca me han invitado a tomar una cerveza”.

Cualquier caballero despierto hubiera detectado un clamor en esa frase y, claro, uno no tiene dudas de lo que debe hacer cuando alguien le dice algo así, por lo que sin perder ni un segundo lancé un “¡te invito a tomar una cerveza!”.

Si fueras hombre ¿hubieras hecho algo diferente? Y si fueras mujer ¿cómo hubieras contestado? La verdad es que la réplica que obtuve de esta mujer fue tan interesante como aplastante hubiera sido para alguien con menos experiencia en estas lides. “No gracias, tú no eres el chico que me gusta” – fue la respuesta que obtuve.

Algunas personas podrán opinar que la contestación pudo ser poco acertada o que la chica pudo ser un poco borde, pero independientemente de nuestra opinión, esta frase muestra en cierta medida lo que cada uno de nosotros estamos esperando y muchas veces no llegamos a expresar con palabras… ¡que nos invite a salir la persona que nos gusta! ¡Eso es lo que todos queremos!

La persona que nos gusta suele ser una fantasía que tenemos en nuestra cabeza, una fantasía que pocas veces llega a cumplirse completamente y, tal vez por eso, algunas de nuestras relaciones terminen en fracaso estrepitoso, ya que nunca conseguimos satisfacer nuestras expectativas iniciales.

La persona que tenemos en nuestra cabeza, y que forma parte de ese estereotipo de hombre o mujer ideal, debe tener una serie de cualidades, tanto físicas como personales, que nos llamen la atención, que nos alegren el día – y la noche – y que nos permitan disfrutar de la vida.

No es raro encontrarnos con personas que buscan activamente a esa pareja con la que compartir su tiempo. Y otras que sólo esperan que caiga del cielo como el tan esperado maná. En ambos casos estas actitudes pueden hacer que no veamos el árbol por estar mirando el bosque o que esperemos que sean los árboles los que tengan que venir a nosotros.

Es cierto que nuestra sociedad nos ha acostumbrado a que las oportunidades no se pierden, y que si pierdes este tren, siempre habrá otro unos minutos más tarde, pero ¿y si esto no es así? En los países anglosajones no nos suelen ofrecer dos veces algo. Si lo quieres, lo coges cuando te lo ofrecen. Y si no lo haces en ese momento… ¡lo has perdido!

Además, aunque la persona que tienes frente a ti no sea el hombre o la mujer de tu vida con quien vayas a tener una familia ¿quién te dice a ti que no vayas a tener una conversación agradable y divertida? ¿Cómo sabes que no puede aportar algo a tu vida?

Nuestros amigos nos suelen sugerir que no busquemos a esa persona con la que compartir nuestra vida, que ya llegará en el momento más inesperado. Sin embargo, muchas veces desaprovechamos oportunidades que nos pueden abrir nuevos caminos hacia esa persona que realmente tenemos en nuestra cabeza.

Independientemente de lo que hagamos es importante tener una idea clara de la persona con la que queremos compartir nuestra vida. Una idea real de lo que podemos esperar de ella y no un cuento que esperamos que llegue a buen término.

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La mina de diamantes

29 marzo, 2011 por mycoach

Hacía siete años que había salido de aquella mina que tantas satisfacciones y quebraderos de cabeza me había dado durante casi tres años. Desde entonces había vagado por aquellos montes en busca de otra mina con la que poder enriquecer mi vida de nuevo. Si, durante ese tiempo había encontrado alguna excavación de donde extraje el mineral que allí se encontraba escondido, pero rápidamente se acababan aquellas vetas tan codiciadas por todos y debía volver a la superficie en busca de nuevos lugares que pudieran aportarme algo de riqueza.

Con el paso del tiempo me fui haciendo más receloso de entrar en aquellos agujeros cuya única claridad provenía de unas pequeñas bombillas clavadas en las paredes.  Bombillas que servían para marcar el camino de salida en caso de accidente más que para alumbrar la galería y poder extraer el mineral de forma más sencilla.  Mi linterna frontal era la única herramienta que evitaba que tropezara con las piedras que se acumulaban en los corredores, aunque cada día que pasaba perdía algo de potencia de alumbrado, haciendo que mi vista se cansara un poco más rápido de lo normal.

Aquella mañana el cielo estaba totalmente despejado y el sol calentaba la tierra con sus débiles rayos otoñales. Los pájaros habían comenzado temprano su actividad diaria y algunos de ellos revoloteaban sobre mi cabeza, como si quisieran darme los buenos días o lanzarse en picado a por las migajas del desayuno que comenzaba a preparar.

El fuego se había avivado lo suficiente como para poner sobre él la sartén con las lonchas de beicon y la cazuela con las alubias dulces. Me dí la vuelta para cortar unas rebanadas de pan y preparar el café.

Al volverme de nuevo hacia el fuego vi cómo un pequeño zorro se llevaba a la boca el paquete de beicon que había dejado junto al fuego. Al verme, se quedó inmóvil durante una fracción de segundo, miró por el rabillo de su ojo y, sin pensárselo mucho más, huyó como alma que lleva el diablo hacia el bosque. ¡El paquete! ¡Se lleva todo el paquete el pequeño rufián! No iba a permitir que aquel diminuto cánido pelirrojo se llevara todo el beicon, por lo que salí en su persecución.

Después de unos minutos siguiendo su rastro lo encontré esperándome frente a la entrada de una cueva con el paquete de beicon entre sus patas delanteras. Me miró y ladeó su cabeza como preguntándose ¿por qué habrá tardado tanto en llegar? Enderezó de nuevo su cabeza y la giró hacia la entrada de aquella cavidad en la montaña. Me miró de nuevo, giró su cuerpo y se alejó de aquel lugar dejando tras de sí el paquete de beicon.  Me acerqué hasta donde había dejado mi desayuno y lo cogí con una mano.

Aunque mi estómago comenzaba a rechistar, mi curiosidad hizo que me acercara hasta la entrada de aquella cueva. Antes de entrar me agaché, cogí una piedra y la lancé a su interior para asegurarme de que no había ningún animal salvaje durmiendo dentro. Nada salió despavorido de aquel agujero en la roca caliza, por lo que me interné unos metros, tanto como la claridad de la luz matinal me lo permitió. Mi aversión a todo lo que estuviera horadado en la tierra hizo su aparición en aquel preciso instante, así que me dí media vuelta y volví al campamento para saciar mi apetito y hacer callar a mi estómago de una vez por todas.

Una vez terminé de desayunar recogí el campamento y emprendí de nuevo mi viaje en busca de una mina.  A los pocos metros me paré en seco.  Giré mi cabeza en dirección al lugar donde había visto por última vez al zorro y me pregunté: ¿Y si me paso por la cueva? ¿Y si es esta la mina que estoy buscando? Realmente no pierdo nada por pasar por allí e indagar un poco ¿no? Así que encaminé mis pasos hacia aquel oscuro hueco en la montaña.

Al llegar al lugar me quité la mochila de la espalda, la abrí y saqué el frontal. Comprobé que las pilas tuviesen carga y me lo puse en la cabeza. Encendí aquel farolillo y comencé a caminar hacia la oscuridad. En pocos segundos las tinieblas me habían engullido totalmente.

En otras ocasiones la falta de luz me producía un nerviosismo tan difícil de controlar que tenía que salir corriendo de cualquier excavación en la que me encontrara. Sin embargo, esta vez era diferente. Aquella falta de claridad no me producía nerviosismo, sino paz. Una paz que me hacía posible que siguiera indagando lo que aquella cueva me podía ofrecer.

Después de varias horas caminando por las diferentes galerías que fui descubriendo, llegué a una en la que sus paredes brillaban de forma especial. Me acerqué y comprobé que aquello que brillaba eran pequeños cristales. Tomé una roca del suelo y golpeé fuertemente la pared hasta que se desprendió de ella un trozo.  Tomé la muestra en mi mano y salí de aquel entorno sin luz natural.

La vuelta a la superficie no fue muy complicada, tan sólo tenía que buscar la claridad del sol que penetraba en aquella cueva.  Según me acercaba a la salida mis ojos se iban acostumbrando progresivamente a la claridad del día.

Una vez fuera tomé una bocanada de aire fresco.  Miré a la luz del sol la piedra que había traído conmigo.  La limpié de aquel barro que tenía por todas partes.  La observé con calma de nuevo durante unos minutos mientras la daba vueltas, como quien intenta hacer el cubo de Rubick por primera vez.

Cuál sería mi sorpresa cuando después de varios minutos de observación me dí cuenta de que aquellos cristalitos que brillaban sutilmente no eran otra cosa que diamantes en bruto. Después de tantos años buscando una mina por aquellos parajes desolados, hoy era el día en el que encontraba la mina que llevaba buscando durante tanto tiempo. Por fin era un hombre feliz.

Muchas veces las personas tenemos miedo de comenzar una relación porque nuestras experiencias pasadas no han sido del todo satisfactorias.  Esas relaciones hacen que tengamos cierta aversión a las personas del otro sexo.  Aunque inicialmente nos parezcan interesantes, nuestros miedos hacen que no profundicemos demasiado, que la nueva relación sea algo más superficial, pudiendo perder cualidades que están escondidas en lugares más profundos y recónditos que sólo aquellos exploradores con coraje podrán encontrar si se arriesgan a entrar en esas tinieblas.

Es importante ser conscientes de cuáles son nuestros miedos para poder dominarlos y poder de esta forma adentrarnos en la otra persona siendo nosotros mismos.

¿Qué relación te ha dejado marcada de tal forma que ahora no te permite adentrarte en ninguna otra relación?

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Monstruos en el sótano

25 marzo, 2011 por mycoach

Encendí la luz de la cocina. Me acerqué al frigorífico y abrí su puerta. Las cuatro rebanadas de pan integral, las dos sardinas que seguían en su lata original después de un par de días, las tres lonchas de pavo cocido, los dos huevos de gallina y el medio litro de leche semidesnatada que encontré en su interior hicieron que me quedara inmóvil frente al aparato durante unos segundos mientras mi cerebro optimizaba el menú de la cena con los ingredientes encontrados. Realmente debía pasarme por el supermercado urgentemente si no quería morir de inanición.

Mientras sacaba el pan, el pavo y los huevos escuché un ruido que parecía proceder del sótano de la casa. Como tantos otros ruidos que se escuchan en una casa a lo largo del día, a este tampoco le dí mayor importancia, y seguí con la preparación de mi última comida del día. Saqué la sartén del cajón de debajo del horno y la posé sobre la vitrocerámica. De nuevo se escuchó aquel ruido que provenía del mismo lugar.

Dejé lo que tenía entre manos y salí de la cocina para satisfacer mi curiosidad. Y allí estaba yo, en mitad del pasillo, sin mover ni una pestaña, intentando averiguar la procedencia real de aquel ruido que había llamado mi atención. De pronto, se volvió a escuchar. Efectivamente, venía del sótano, por lo que me acerqué a la puerta sigilosamente para evitar ahuyentar a aquello que lo estuviera provocando.

Abrí la puerta. Extendí mi mano hacia el interruptor y lo giré para encender la luz de la escalera. Bajé por aquellas escaleras de madera cuyos escalones se quejaban cada vez que tenían que soportar mi peso. Al llegar abajo miré a derecha e izquierda, buscando aquello que producía el ruido. Nada, todo estaba en silencio. Me giré para volver a subir las escaleras cuando escuché un ruido a mis espaldas. Me dí la vuelta y vi unas cajas de cartón apiladas unas sobre las otras.

Cada caja tenía un rótulo en su frontal: libros de texto, novelas, revistas… De pronto vinieron a mi mente una serie de recuerdos de tiempos pasados. ¡Qué días tan entrañables aquellos! Una de las cajas se movió un poco. Era en la que ponía: monstruos.

Aunque los rótulos de las cajas me daban una idea de lo que cada una contenía en su interior, hacía tanto tiempo que las había bajado al sótano que apenas recordaba lo que almacenaban. Aparté la caja que se había movido del resto de cajas y la acerqué a la luz para examinarla. Estaba cerrada con su cinta americana y no parecía tener agujeros en ninguno de sus lados, por lo que parecía improbable que algún roedor hubiera entrado en su interior. Aún así me pareció curioso que saliera algún ruido de allí, por lo que decidí abrirla para comprobar lo que encerraba.

Me puse debajo de la luz. Cogí uno de los extremos de la cinta americana que cerraban las solapas superiores y la arranqué del cartón. Levanté las solapas para ver el interior de la caja. Fue en ese momento cuando me llevé mi mayor sorpresa… ¡estaba vacía! ¿Y de dónde procedía el maldito ruido? ¿Y cómo se había movido? ¿Habría sido todo obra de mi imaginación? Miré a mi alrededor, intentando encontrar algo que me diera una pista, pero nada.

Mientras mi cerebro seguía haciéndose preguntas e intentaba razonar aquel evento, mis ojos buscaban cualquier cosa en el interior de la caja que pudiera indicarme lo que había ocurrido. Pegado a un lateral encontré un post-it. Lo arranqué bruscamente y lo acerqué a la luz. Era mi letra. Leí la nota: “Aquí guardo todos mis monstruos, aquellos que me hacen ser peor persona, los que no deseo que salgan a la luz: la codicia, la rabia, la ira, los celos… Recuerda que si vas a meter otro en la caja, antes debes cerrar todas las puertas y ventanas de la casa para que no se escapen”. ¡Ahora lo recuerdo todo! El crujir de uno de los escalones me sacó de mi trance temporal.

Miré hacia las escaleras. Una sombra se quedo quieta. Parecía que me miraba, esperando alguna reacción por mi parte. Levanté la mirada y vi que la puerta que daba al piso de arriba estaba abierta. Dirigí mi mirada a la nota: “…antes debes cerrar todas las puertas…”. Apunté mi vista hacia la sombra de nuevo. Al tiempo que saltaba hacia las escaleras cerré la caja de un manotazo, pero aquella sombra parecía haber intuido mis intenciones, consiguiendo llegar al piso superior antes de que la atrapara.

Cerré la puerta tras de mi y miré a ambos lados, buscando aquella sombra tan escurridiza que había conseguido entrar de nuevo en mi hogar. Al no verla por ninguna parte mi primera preocupación era que no saliera de la casa, por lo que corrí hacia las puertas y ventanas para confirmar que estaban todas cerradas y que aquel fantasma del pasado no podría salir fuera, donde todos pudieran verlo.

Me llevó horas encontrarlo de nuevo, pero al final dí con él. Allí estaba, en la cocina, comiendo el pan, el pavo y los huevos que había dejado sobre la encimera. ¡Mi cena! Mi rabia creció, y con ella lo hizo aquella sombra que seguía engullendo mis alimentos. ¡Mi rabia, eso era! Lo que se había escapado de aquella caja escondida en el fondo del sótano era mi rabia ¿y por qué?

Me senté en la silla de la cocina y comencé a observar a aquel engendro. Mientras lo observaba me dí cuenta de que los últimos días habían sido un poco tensos en el trabajo; mi relación de pareja se había visto afectada por el enorme número de horas que me pasaba en la oficina; y los amigos también tenían sus quejas porque ya no jugaba con ellos al fútbol el fin de semana. Parecía que el mundo me tratara mal, que no me quisiera, y por ello es cierto que la rabia había comenzado a acumularse en mi interior.

Según me daba cuenta de lo que estaba ocurriendo, aquella criatura informe comenzaba a desvanecerse. Cada vez era más consciente de lo que pasaba dentro de mi y cómo eso estaba afectando a la gente de mi entorno. El monstruo que hace unas horas se paseaba por toda la casa libremente, ahora se había solidificado y no era mayor que una bola de golf. Me agaché y la cogí en mi mano. La miré detenidamente. Sonreí y bajé de nuevo al sótano.

Los seres humanos tenemos la capacidad de guardar nuestros monstruos en lugares de difícil acceso para que no puedan salir a la luz del día y así las personas de nuestro entorno crean que somos personas normales. Sin embargo, en ocasiones, estos monstruos consiguen escapar de sus celdas, y revolotear por el interior de nuestro ser, haciendo que nos sintamos mal. Si consiguen salir al exterior podrán destrozar a aquellas personas inocentes con las que se topen, y seremos nosotros en última instancia los responsables de tales atrocidades.

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No preguntes

23 marzo, 2011 por mycoach

La comida había terminado hacía un par de horas y desde entonces había estado retozando con los niños por todo el jardín. El cansancio acumulado de la semana y el hecho de tener que aupar y lanzar a las fierecillas en el aire había terminado por pasar factura, así que mis músculos pedían una tregua. Me acerqué al tresillo más cercano y dejé que mi cuerpo se desplomara sobre él.

Cuando la pequeña Laura me vio sentado con los brazos en cruz debió pensar que la estaba llamando para que viniera a mi. Tras mirar a ambos lados y confirmar que nadie se había adelantado comenzó a correr como alma que lleva el viento para ser la primera en llegar a donde me encontraba. Al ver cómo aquel pequeño proyectil de colores se acercaba a mi sin ánimo alguno de frenar, lancé mis manos hacia el frente para amortiguar su inminente impacto sobre mi cuerpo. Para evitar una deceleración que pudiera dañar su pequeño cuerpo utilicé su momento para voltearla un par de veces en el aire, tras lo cual la senté sobre mi regazo.

Una vez situada levantó la mirada, frunció el ceño y se arregló las coletas muy dignamente mientras se quitaba el flequillo de la cara con un bufido. Su mano derecha terminó de arreglar la coleta y con su dedo índice señalo mi rostro al tiempo que preguntaba: “¿Qué te ha pasado ahí?”. Desde el otro lado de la habitación se escuchó una voz que decía: “¡Niña, eso no se pregunta!”.

La curiosidad y naturalidad de los niños hace que lo pregunten todo. No importa dónde se encuentren o con quién estén, ya sean familiares o reyes, ellos preguntan aquello que les llama la atención, aunque no sea políticamente correcto.

Con el paso del tiempo los niños van perdiendo esa naturalidad debido a las presiones ejercidas por los padres, ya que en más de una ocasión la criatura les ha sacado los colores con sus preguntas un tanto indiscretas, por lo que es mejor que el diablillo se esté calladito en su silla sin abrir la boca.

Según llegamos a la adolescencia el número de preguntas que realizamos es muchísimo menor al de unos años atrás. Aunque ahora nuestros padres confían más en nosotros y en el tipo de preguntas que podemos hacer, el hecho de hacer una pregunta nos resulta incómodo. Esto puede ser debido principalmente a que la gente que está a nuestro alrededor puede pensar algo raro de nosotros, y claro, no queremos que nos tomen por un freaky.

Aunque nuestra identidad se va formando desde que somos pequeños, al llegar a la adolescencia comenzamos a ser conscientes de cosas que antes ni siquiera sabíamos que estaban allí, entre ellas los chicos y las chicas, por lo que nos resulta de suma importancia el qué pensarán los demás de nosotros y, sobre todo, qué pensará la persona que nos llama la atención, aunque todavía no sepamos muy bien por qué nos sentimos atraídos por ella.

Así nos podemos encontrar con que todavía no tenemos pareja para ir al baile de fin de curso y, cuando hablamos con nuestro mejor amigo nos dice: “Yo voy a ir con Ana, ¿y tú?”. “Realmente no me gustaría ir solo” – replicas. “¿Y por qué no se lo preguntas a la chica con la que quieres ir? – te cuestiona. “¡Touché!

Una de las razones por las que no preguntamos es porque nos da miedo recibir una respuesta negativa. Nuestro cerebro no está preparado para recibir un no como respuesta, ya que nuestras ilusiones y nuestras esperanzas están puestas en la respuesta afirmativa, en que ella diga que si, en que me den el puesto de trabajo, en que reciba el aumento de sueldo.

Ante la negación a nuestras esperanzas no sabemos cómo actuar: ponemos cara de poker, o de sorpresa; o salimos del paso con algún chiste o disculpa barata: “¡No, te lo preguntaba en broma!” – mientras soltamos una risa nerviosa y nos alejamos realizando aspavientos con las manos.

El pasar por una situación en la que nuestra dignidad sufre es muy duro, en especial si somos adolescentes. Nuestro amor propio puede verse herido y nuestra autoestima puede llegar a resentirse de manera permanente.

Obviamente no es lo mismo que nos den una negativa en algún sitio apartado, que lo hagan delante de todo un grupo de gente. La humillación por la que pasamos delante del grupo es suficiente para no volver a intentarlo de nuevo con ninguna otra persona… ¡por lo menos en una década!

Pero esto que parece algo de adolescentes, también ocurre cuando somos adultos. En ocasiones no preguntamos algo para que no parezca que nos metemos en la vida de la otra persona, o porque podemos recibir una respuesta negativa o indiscreta, o tal vez porque tenemos miedo de que al preguntar estalle esa bomba de relojería que llevaba adormecida durante tanto tiempo.

El problema de todo esto no es sólo el hecho de quedarme con la duda de lo que habría podido pasar, sino que en ocasiones nos podemos quedar con una idea equivocada de lo que alguien quiso decir realmente con sus palabras,

Quizá pensemos que es mejor dejar las cosas como están y no mover nada. Tal vez sea mejor no preguntar y así no saber. La duda nos puede corroer internamente, pero nuestras fantasías pueden ser más fuertes y nos pueden hacer sentir bien, ya que nos apoyamos en ellas para seguir con nuestra vida.

El preguntar y el conocer la verdad no es malo. El clarificar las palabras evita situaciones comprometidas o malinterpretaciones que pueden llevarnos a dejar de hablar con una persona. Lo importante en estos casos es saber preguntar y estar preparados para asumir la respuesta, independientemente de cuál sea.

¿Qué pregunta te ronda por la cabeza pero todavía no has sido capaz de expresarla? ¿Qué palabras no has comprendido realmente de tu última conversación?

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Bullying

21 marzo, 2011 por mycoach

Eran las 17:30 horas, y como cada día, Lucas esperaba sentado frente a la puerta la llegada de los niños. Al oírse la puerta del ascensor Lucas se levantó y comenzó a agitar la cola de izquierda a derecha. La puerta se abrió. Sin embargo, y a diferencia de otros días, no se oyó ningún escándalo. Los niños entraban en silencio, mientras el único que retozaba era el pobre Lucas, quien sabía que en breve podría bajar a la calle de nuevo.

Los niños se acercaron y me dieron un abrazo, pero Juan, el mayor de ellos, me lanzo un saludo desde lejos y siguió para su dormitorio. Como su comportamiento me pareció fuera de lo normal, me levanté y me acerqué a su habitación. Al llegar a su puerta le pregunté – “¿Estas bien?”. A lo que él respondió – “Si, tan sólo un poco cansado”. Mientras entraba en su cuarto le repliqué – “¿Y dónde está mi abrazo?”. Esbozó una sonrisa y me abrazó.

Al apretarlo entre mis brazos noté que se retorcía un poco al tiempo que se separaba de mi. “¿Qué ocurre?” – le cuestioné. “Nada” – respondió mientras se llevaba una mano al costado contrario. Mi curiosidad hizo que me acercara y levantara la camisa por ese lado. Su piel estaba llena de cardenales. Ante mi sorpresa interrogué “¿Y esto?”.  Mientras bajaba la mirada al suelo dijo: “Mamá, en el colegio me pegan”. Su respuesta me dejó helada. No esperaba que esto le pudiera ocurrir a él.

El acoso escolar es cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico producido entre escolares de forma reiterada a lo largo de un tiempo determinado. Los protagonistas de los casos de acoso escolar suelen ser niños y niñas cuyas edades rondan los 12-13 años, es decir, en proceso de entrada en la adolescencia.

El acosador, normalmente rodeado de una banda o grupo, busca obtener el reconocimiento y la atención de los demás. Aunque su objetivo principal es intimidar, el acosador tiene una necesidad imperiosa de dominar y destruir a los demás.

El sujeto maltratado suele ser aquella persona que no sigue al grupo, la que se resiste, la diferente o la que sobresale académicamente, aunque en ocasiones suele darse la paradoja de que es el estudiante con mejores notas el cabecilla del hostigamiento. De esta forma la víctima queda expuesta física y emocionalmente ante el maltratador. Como consecuencia se generan una serie de secuelas psicológicas: el adolescente vive aterrorizado ante la idea de volver al colegio, se muestra nervioso, triste y solitario en su vida cotidiana.

Este comportamiento de hostigamiento hacia la víctima suele ser debido a la falta de una autoridad exterior en forma de profesor, familiar o mediador que imponga límites a este tipo de conductas.

Una de las soluciones que todo padre suele ofrecer ante este tipo de situaciones es: “Si te pega, tú dale más duro, ya verás como te deja de pegar”. Efectivamente, el enfrentamiento físico es una de las alternativas que tenemos cuando nos están hostigando, aunque puede que no sea la más recomendable, en especial cuando en el otro lado existe una banda que apoya al hostigador.

No se nos debe olvidar que en todo acoso existen dos partes, cada una de las cuales tendrá su propia visión de la situación y sus propias razones para hostigar o para sentirse víctima de la situación. Esto implica que tal vez la técnica de la pelea no sea la más apropiada y deban utilizarse otras técnicas de resolución de conflictos menos agresivas y que aporten más a los estudiantes.

Algunos colegios americanos donde el acoso escolar había incrementado drásticamente durante los últimos años han optado por instaurar la figura del mediador dentro de la escuela. Estas personas tienen como tarea principal mediar en la resolución de conflictos que ocurran entre los estudiantes del instituto.

En nuestro país existen colegios con su propio equipo de psicólogos, si bien estos están más enfocados a la orientación académica que a la mediación de conflictos entre los estudiantes, por lo que el acoso que los alumnos sufran dentro de sus instalaciones puede ser obviado sutilmente. Por el contrario, algunas instituciones con menos recursos aprovechan el dinamismo de sus alumnos para que sean ellos mismos quienes eligen a los mediadores de entre sus propios compañeros.

Este tipo de iniciativas son de suma importancia, por lo que conviene apoyarlas tanto por el profesorado como por los propios padres. Con objeto de desarrollar las habilidades de los nuevos mediadores, el coach puede formarlos para que sepan utilizar aquellas herramientas de coaching que les serán imprescindibles a la hora de mediar entre dos de sus compañeros. De igual manera, un coach con conocimientos de negociación puede mostrarles de forma didáctica la metodología de negociación más apropiada para este tipo de situaciones, así como a realizar un seguimiento de los casos más conflictivos y aportarles nuevas ideas para su resolución.

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Confianza

19 marzo, 2011 por mycoach

Era una mañana nublada en Gotemburgo. Como cada día durante la época de exámenes, María había ido a la biblioteca de la Universidad para preparar las materias de ese ciclo. Tras varios minutos deambulando por la biblioteca, al final encontró un sitio junto a una ventana y frente a un estudiante sueco que la sonrió amablemente al verla.

Se quitó la mochila de la espalda y sacó los apuntes de matemáticas avanzadas y un portátil que encendió poco después de apoyarlo sobre la mesa. Tras ordenar los papeles y buscar algún archivo en su portátil, María se levantó, cogió su portátil y fue a rellenar su botella de agua. Al volver dejó el portátil a un lado y comenzó a leer sus apuntes. Al cabo de un tiempo se levantó, cogió el portátil y se fue de su sitio por unos minutos.

Después de unas cuantas horas, el estudiante sueco observó que, cada vez que María se levantaba de su sitio, ésta se llevaba consigo su portátil. No importaba donde fuera ni cuánto tiempo estuviera ausente de su lugar de estudio, que ella nunca dejaba su portátil desatendido. Este comportamiento le llamó la atención, por lo que en uno de los escarceos de María se apresuró a preguntarla: “Perdona ¿por qué cada vez que te levantas de tu sitio te llevas tu portátil?”. María respondió – “Porque si lo dejo aquí alguien me lo podría robar”. El estudiante sueco puso cara de sorpresa e inquirió – “¿Para qué querría alguien tu portátil?”.

Es cierto que hay países que, a priori, son más confiados que otros, así nos podemos encontrar con el caso americano, donde suelen dejar las puertas de sus casas abiertas; o el inglés, donde la licencia de conducir no lleva foto; o el sueco, donde no entienden eso de llevarse lo ajeno.

De igual manera parece que la confianza podría ser algo típico de las localidades de tamaño reducido, donde todos sus habitantes se conocen y parece que no pasa nada sin que toda la comunidad se entere del acontecimiento. Sin embargo, y aunque pueda existir una gran confianza entre ellos, no pasa lo mismo cuando llega alguien de fuera. En estos casos se necesita un tiempo hasta que las buenas gentes de la localidad aceptan y confían en el forastero.

Al contrario de lo que ocurre en los pueblecitos, en las grandes urbes, lugares donde hay una alta densidad de población y donde la probabilidad de encontrar a algún conocido mientras paseas por la calle es muy baja, la desconfianza es mucho mayor a todos los niveles. Basta con acercarse a preguntar por una dirección a una persona, la mirada recelosa que te lanza según te acercas es digna de mención. De hecho tardan unos segundos hasta que esbozan ligeramente una sonrisa en su rostro demostrando así que han superado su fase de pavor.

Confiar en alguien supone depositar en esa persona, sin más seguridad que la buena fe y la opinión que de ella se tiene, cualquier cosa, desde la casa hasta un secreto. En nuestra sociedad nos podemos encontrar con dos tipos de personas, aquellas que confían ciegamente en todo el mundo, y aquellas que no confían ni en su propia madre.

Si eres de los primeros, de los que confían en la buena fe de las personas que te rodean, es posible que en más de una ocasión te lleves un chasco, ya que alguna persona se podrá aprovechar de ti. El confiar en las personas no es malo, tan sólo hay que identificar en quién puedes confiar y en quién no.

Si por el contrario eres de los segundos, de los que no confían en nadie, tus relaciones personales se pueden ver afectadas notablemente, ya que la desconfianza que tienes en tu interlocutor se reflejará en tus actos y en tu lenguaje corporal, creando así un estado de desconfianza mutuo. No confiar en nadie puede suponer un problema en sí mismo.

Si eres una persona desconfiada y tienes una relación de pareja, ésta se puede ver afectada notablemente, al tiempo que puedes estar sufriendo continuamente. Es posible que te resulte complicado salir de casa si no has cerrado previamente todos y cada uno de tus armarios y cajones; dudarás de lo que hace o deja de hacer tu pareja, aunque sólo vaya a trabajar, a recoger a los niños y al gimnasio; recelarás de la persona que limpia tu casa, ya que podría llevarse algo o hacer alguna llamada de larga distancia sin que tú te enteres.

En algunos casos puedes tener plena confianza en tu pareja, sin embargo no confías en tus hijos. No confías en que saquen buenas notas, por lo que tienes que perseguirles para que estudien. No confías en que lleguen sobrios a casa, por lo que no les permites llegar más tarde de las 23:00 horas.

La confianza es algo que puede perderse muy fácilmente y que tarda bastante en volverse a ganar, lo cual no quita para que se pueda recuperar de nuevo. Así debemos recobrar la confianza en las personas, en nuestra pareja y en nuestros hijos, pero es algo que debemos hacer nosotros, poco a poco.

¿En qué persona has dejado de confiar últimamente?  ¿Cómo podrías recuperar la confianza de tu pareja o de tus hijos?

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Tengo razón

17 marzo, 2011 por mycoach

En 1799 Goya realizó el grabado “el sueño de la razón produce monstruos”. Aunque la explicación de esta estampa del manuscrito del Museo del Prado reza que “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas” ¿no es cierto que cuando una persona cree tener la razón se la nubla el pensamiento y se vuelve un monstruo?

Efectivamente, cuando creemos tener la razón sobre algún tema que se saca a debate, se nos nubla el pensamiento y hacemos todo lo posible por ratificar nuestro punto de vista, sin tener en cuenta a la otra persona ni el objetivo que queríamos conseguir inicialmente, aunque este sea pasar un rato agradable con los amigos o llegar a un acuerdo con mi pareja.

Nuestra prioridad ahora es presentar los argumentos necesarios para convencer a nuestro público. No importa lo que tengamos que hacer, ni el tiempo que nos lleve, lo más importante es obligar a la otra persona a obrar razonablemente en base a nuestras creencias y a nuestros criterios.

¿Cuántas veces habremos oído decir: “Esto es así porque lo digo yo”? Son nuestras creencias las que nos hacen creer que estamos en posesión de la verdad, las que nos hacen creer que tenemos razón. Y son estas creencias, el creer que estamos en poder de la verdad absoluta, lo que nos saca al monstruo que llevamos dentro. Un monstruo cuyo único sueño es tener razón. Y este sueño, a su vez, nubla nuestro objetivo, independientemente de cuál fuera inicialmente.

El tener razón es como la droga que probó el Dr Jekyll, convirtiéndose así en Mr Hyde. En 1886 Robert Louise Stevenson nos mostraba cómo una droga creaba una personalidad separada dentro de la cual los impulsos malignos del Dr Jekyll eran canalizados.

Mr Hyde no es más que el “Señor Escondido”, esa persona que no queremos que los demás descubran que llevamos dentro, pero que con ciertos estímulos aparece de manera irrefrenable. Uno de esos estímulos es el tener razón.

Para evitar este tipo de situaciones en las que podemos llegar a menospreciar a las personas que tenemos frente a nosotros es importante tener presente cuál era nuestro objetivo inicial. Lo que debemos alcanzar es ese objetivo marcado, y no el tener razón. Si mantenemos en mente nuestro objetivo es posible que no nos convirtamos en temibles monstruos con los que no se puede dialogar y pasemos a convertirnos en personas afables con las que se puede negociar.

Es cierto que todos llevamos un monstruo dentro de nosotros, pero está en cada uno de nosotros el que ese malévolo ser pueda hacer su presencia o no. Incluso si la hace de forma esporádica, está en uno mismo el hacer que desaparezca de nuevo y volvamos a ser un tranquilo Doctor que busca el bienestar de sus pacientes.

¿Es tan importante para ti tener razón que eres capaz de sacar al monstruo que llevas dentro? ¿Quién es la persona con la que luchas a muerte por tener razón?

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Vampiros

15 marzo, 2011 por mycoach

Sus ojos me sedujeron de tal manera que no pude resistirme a su encanto y me senté en aquella silla de diseño junto a la ventana. La tenue luz de la habitación magnificó su sensual voz, la cual turbó mis sentidos de tal forma que impedía que mis piernas tuvieran fuerzas para salir corriendo de aquel cuarto. Pasaron los minutos, las horas, los días e incluso puede que las semanas, y allí estaba yo, aferrado a aquella silla, sin apenas fuerzas para respirar, sin ganas de vivir y con la única ilusión de que me hiciera suyo de una vez por todas.

No hace falta andar por un bosque, ni por un callejón oscuro, ni siquiera hace falta ir a Transilvania para encontrarse con una persona que quiera abalanzarse sobre tu cuello para chuparte poco a poco la sangre. Los vampiros, esos seres mitológicos que se nutren de los vivos, existen en nuestra sociedad.

Los vampiros no son sólo esos espectros que deambulan solitarios por la noche en busca de sangre fresca, sino que son aquellas personas codiciosas que abusan o se aprovechan de los demás. ¿Y cómo lo hacen?

Al igual que los murciélagos hematófagos chupan la sangre de otros animales para nutrirse y poder vivir, estas personas succionan nuestra energía vital para su subsistencia. No importa si nosotros fallecemos, lo importante es que ellas puedan sobrevivir después de un determinado suceso que las ha podido marcar.

Cuántas veces habremos ido a casa de algún amigo con la intención de animarlo después de que lo despidieran del trabajo, o de que rompiera con su pareja, o de que tuviera algún problema con alguno de sus familiares y, cuando hemos intentado salir de su casa, no teníamos ni fuerzas para girar el pomo de la puerta, mientras que ella, unos metros más atrás, rebosaba de energía y se despedía de ti con una sonrisa en su cara.

Estas personas tienen la cualidad de identificar a los individuos más positivos de su entorno, aquellos con más vitalidad, aquellos que parecen comerse el mundo entero y que nada les puede detener. Con su mirada lánguida las atraen hacia su red donde, una vez cautivos, serán despojados de toda esa energía.

Es posible que la primera vez que nos topemos con uno de estos vampiros apenas nos demos cuenta de que nuestra energía fluye hacia su ser. Es más, es probable que aunque seamos unos expertos en estos temas, aún hoy no seamos capaces de reconocerlos a primera vista.

Para saber si estamos delante de un vampiro debemos preguntarnos si nuestro nivel de energía decrece cuando estoy junto a esa persona. Si me noto más cansada después de estar con esa persona es posible que me encuentre frente a uno de estos succionadores de energía.

Una vez hemos detectado a este tipo de personas lo más importante es que no nos vacíen completamente, ya que el recargarnos también nos supone un precioso tiempo a nosotros. Para ello debemos poner límites, es decir, saber cuánta energía estoy dispuesto a dar sin que eso suponga un riesgo para mi salud, mi trabajo o mi familia.

Al igual que no podemos donar más de medio litro de sangre de una atacada, y no todas las personas pueden hacerlo en función de su edad y estado de salud, de igual manera no todas las personas pueden donar energía a otras. Incluso aquellas que están capacitadas para ello no pueden hacerlo constantemente, ya que ello supondría un riesgo para su propia salud.

Con esto no quiero decir que no debamos ayudar a las personas que lo necesitan, sino que debemos hacerlo con cabeza, sabiendo cuáles son nuestros límites, hasta donde podemos dar sin que eso suponga un riesgo para nosotros. Y no sólo eso, sino que debemos dar sin que luego nos sintamos mal porque nos han quitado tanto que nos sentimos despojados de nuestra energía. Han abusado de nosotros, de nuestra confianza, y por ello, a partir de ahora, me voy a cerrar con todos como una flor lo hace al caer la noche.

¿Quién es la persona que te quita tu energía sin tú darte cuenta? ¿Cuánta energía estas dispuesta a dar sin que te sientas tratada de forma injusta?

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Ser padres

13 marzo, 2011 por mycoach

Para ejercer cualquier profesión debemos estudiar durante un tiempo aquellas materias que nos darán el conocimiento necesario para realizar correctamente nuestro trabajo, sin embargo, para ser padres, una de las profesiones que no tiene fecha de jubilación, y posiblemente la más extenuante de todas, no se requiere ningún tipo de formación oficial.

Para ser padre basta con que uno solo de tus espermatozoides penetre en el óvulo de tu pareja, o podemos ir a un banco de esperma donde podemos seleccionar entre multitud de tubos de ensayo aquel que coincida con las características que buscamos para nuestro hijo, o podemos ir a un país extranjero y solicitar la adopción de un niño que se encuentre en un orfanato. Así de fácil. No tenemos que pasar ningún tipo de examen, ni prueba de aptitud, ni nada de nada.

Mientras que ser padre es una elección personal, ser hijo es una lotería. Tal vez por eso llegue un momento en el que todo hijo, sin convertirse en parricida, debe matar al padre, aunque también existen muchos momentos donde los padres mataríamos a nuestros hijos, porque curiosamente, y desde temprana edad, tienen la habilidad para sacarte de tus casillas en menos que canta un gallo. Sin embargo, en muchas ocasiones se nos olvida cómo éramos nosotros a su edad y las diabluras que hacíamos a nuestros progenitores.

En cualquier caso, cuando eres padre te cuestionas en infinidad de ocasiones si lo estas haciendo bien, si lo podrías hacer mejor, e incluso puedes preguntarte si aquello que hacían tus padres contigo no era del todo malo al fin y al cabo. Estas dudas son del todo normales, y por ello buscamos una referencia.

Sí, es cierto que cuando somos adolescentes comparamos a nuestros padres con los de nuestros amigos. Y claro, los otros padres son, en muchas ocasiones, mejores que los nuestros: a nuestros amigos les dejan salir hasta las once de la noche; a nuestras amigas les dejan llevar minifalda e ir pintadas; a nuestros amigos les han comprado la Playstation o les han llevado a esquiar. Siempre hay algo que los otros pueden hacer que nosotros lo tenemos vetado.

Cuando llegamos a la edad adulta no cesamos de mirar a nuestro alrededor y comparar a nuestros hijos con los de los demás: los hijos de Fulanito se comportan mejor que los míos; los hijos de Menganito sacan mejores notas… Al final del día es posible que confirme mis sospechas ¡no me darán ni dos euro por mis hijos!.

El ser un buen padre puede ser complicado, en especial si no sabemos lo que esto significa. Para algunas personas ser un buen padre puede implicar que debemos dar a nuestros hijos todo aquello que nosotros no tuvimos en nuestro día; o tal vez que debamos educarles con la libertad que nosotros no tuvimos. Cada persona tiene un concepto diferente de lo que puede ser un buen padre, pero lo que no se nos deben olvidar son las responsabilidades que tenemos como padres.

Para ser un buen padre podemos tomar como referencia las enseñanzas de nuestros padres, bien porque estas nos marcaron positivamente o bien porque nos marcaron de tal forma que no queremos tener nada que ver con esas doctrinas.

Pero hagamos lo que hagamos hay que tener presente que todas las personas, y en especial nuestros hijos, necesitan de unas normas y unos límites. Los niños necesitan saber cuál es su lugar, y su lugar es el de hijos, no el de padres.

Asimismo hay que tener en cuenta que nuestros hijos son clones de nuestros propios comportamientos, y lo que nosotros hagamos lo repetirán ellos. Por tanto, no podemos pedirles que se comporten bien, o que no dejen las cosas tiradas si nosotros no tenemos ese comportamiento. Y en ocasiones, esas pequeñas criaturas que no levantan dos palmos del suelo nos pueden sacar los colores porque ni siquiera nosotros mismos hacemos lo que a ellos les exigimos en primera instancia.

Así que ¿qué es para ti ser un buen padre? ¿Qué te impide ser un buen padre para con tus hijos? ¿Qué comportamientos exiges a tus hijos que tú no puedes mantener?

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Creo que es malo

11 marzo, 2011 por mycoach

Hace un tiempo tuve la ocasión de hablar con una persona cuyo deseo más ferviente era ser coach.  Su ilusión era ganarse la vida ayudando a las personas a ser mejores, a sacar todo su potencial. Deseaba vivir del coaching y poder aportar sus ingresos a la economía familiar. Sin embargo, todavía no había conseguido alcanzar su reto. Había algo que la paraba, que la frenaba en su camino hacia su objetivo: “creía que el dinero era malo”.

Al igual que el dinero, hay personas que creen que ascender en el trabajo, tomar dulces, iniciar una relación con una persona determinada, o mantener relaciones sexuales, son malas. Las razones que dan son muy variadas: las personas con dinero son egoístas, los directivos son autoritarios, los dulces te hacen engordar, ciertas relaciones pueden ser un quebradero de cabeza con los padres, o ciertos actos van en contra de su religión.

Hay que tener en cuenta que muchas de nuestras creencias son implantadas durante nuestra infancia a través de la educación que nos proporcionan nuestros padres, las enseñanzas de nuestros profesores, la cultura en la que nos hemos criado e incluso los medios de comunicación que vemos o escuchamos. El resto de creencias se han ido creando a partir de nuestras propias experiencias.

También hay que tener en cuenta que nuestras creencias influyen sobre nuestras experiencias, haciendo que algunas sean posibles y otras no. De esta forma nos podemos encontrar con un deseo irrefrenable por conseguir algo o a alguien, pero nuestro inconsciente nos susurra que es malo, produciéndose así una lucha interna entre nuestros deseos y nuestras creencias que evita que consigamos nuestro objetivo, alterando al mismo tiempo nuestra psique.

Si creo que algo es malo, no importa lo mucho que lo desee, difícilmente lo conseguiré. No importa lo mucho que desee llegar a ser un alto directivo y aumentar mi salario, que si creo que los directivos son arrogantes y autoritarios me costará bastante tener una buena evaluación para el ascenso. Tampoco importa lo mucho que me guste un individuo, ni sus cualidades o valores personales, ni lo muy feliz que me hace estar a su lado, que si creo que es malo para mi, entonces la relación no fructificará.

De hecho, en algunas ocasiones el deseo es tan fuerte que puedo ser tentado a probar la fruta prohibida, pero en esos casos, una vez ha concluido el deseo, aparece un sentimiento de culpa tan fuerte que puede llegar a trastornar nuestra comprensión.

Para evitar caer de nuevo en el pecado y sentir que hemos hecho algo malo,  las personas tomamos distancia de la tentación. Nos alejamos de ella con la esperanza de no volver a probar el fruto prohibido. Nuestras creencias, a través de la conciencia, nos atormentan de tal manera que pueden llegar a destruirnos.

Por último hay que recordar que las creencias no son buenas ni malas, tan sólo son potenciadoras o limitantes. De esta forma las creencias nos permitirán alcanzar nuestro objetivo o hacer que nos alejemos de él para siempre. Para identificar si una creencia es limitante primero tenemos que ser conscientes de que tenemos esa creencia, para lo cual hay que expresarla. Una vez expresada nos podemos preguntar: «¿Qué te impide alcanzar tu objetivo?«.

Lo positivo de todo esto es que las creencias cambian y, como resultado, las experiencias lo hacen también. Las creencias las puede cambiar uno mismo, o puede pedir ayuda de un profesional para que le ayude a identificarlas y modificarlas de tal forma que pueda conseguir el objetivo marcado.

¿Qué creencia te está impidiendo alcanzar tu objetivo actualmente?

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