El cubo de madera

16 abril, 2013 por José Maria Garteiz

Erase una vez un recipiente en forma de cono truncado llamado Dekon.  Dekon pertenecía a la especie de los “cubos”, los cuales se caracterizaban por tener asa y estar abiertos en su circunferencia mayor; teniendo fondo en la menor.  Dekon era de madera, aunque bien hubiera podido ser de metal o cualquier otra materia que se encontrara tanto en la superficie de aquel planeta como bajo esta.  En cuanto a su tamaño, no era ni muy grande si se comparaba con el resto de sus congéneres, ni tampoco demasiado pequeño.

Los cubos habían sido creados con una función principal, la de llenar su interior con todo aquello que estuviera a su alcance.  De esta manera, aquellos conos huecos podían introducir en su interior cualquier material, desde líquidos hasta sólidos.  Cada cubo era libre de rellenar su interior con aquello que él considerara oportuno, pudiendo introducir en su interior elementos de gran valor u otros sin ninguna utilidad.  La única limitación era su capacidad.  Una vez habían ocupado todo su volumen debían deshacerse de algún elemento de su interior si querían meter más cosas.

Aquella mañana Dekon se había levantado más temprano de lo habitual, por lo que aprovechó para dar un paseo por el bosque que rodeaba su aldea.  Mientras caminaba entre los árboles mirando a uno y otro lado en busca de algo que poder llevar a su interior, Dekon se topó en su camino con una cavidad subterránea que hasta ahora nunca antes había visto.  Este agujero horadado en la piedra estaba cubierto por multitud de hojas de plantas que impedían la entrada a la parte de adentro.  Se acercó y comenzó a retirar las ramas más grandes para poder acceder a aquella cueva.  Una vez se hizo paso entre el follaje, entró al interior de aquella caverna.

La claridad dentro de aquel agujero en la piedra era mínima, por lo que Dekon se quedó a pocos metros de la entrada.  Los pocos rayos que habían penetrado en el interior de aquella caverna revotaban en las paredes, dándole a Dekon una idea de cómo era su interior sin tener que adentrarse mucho más.  Y fue uno de estos rayos el que, al chocar con un objeto, hizo que este brillara en lo más profundo de la cueva, despertando la curiosidad de Dekon.

Dekon se adentró un poco más siguiendo el destello de aquel objeto.  Una vez junto a  él, lo tomó en su mano.  Las sombras no le permitían mirar con atención aquella piedra fina, por lo que se giró y salió hacia la claridad del bosque.  Al limpiar el barro que cubría aquella piedra brilló con fuerza el verde que la teñía.

Dekon nunca antes había tenido nada tan bello entre sus manos, por lo que pensó que  guardarlo en su interior no le aportaría nada, ya que nadie sería capaz de verlo a menos que se lo mostrara.  Por tanto, tal vez fuera mejor adherirlo a su sosa y aburrida cubierta de madera.  Esto lo haría diferente a los demás.  De hecho, hasta es posible que algunos de los cubos que tenía a su alrededor pudieran pensar que valía más de lo que realmente valía.  Dicho y hecho.  Aquella piedra teñida de verde fue pegada sobre su madera.

A partir de ese momento, Dekon dejó de pensar en buscar elementos a su alrededor que poder incluir en su interior, y se dedicó por completo a la búsqueda de más piedras preciosas que poder poner sobre su superficie cónica.  Durante meses estuvo haciendo lo necesario para conseguir este tipo de piedras que parecían llamar la atención de los cubos más próximos a él, olvidándose por completo de llenar su interior.

Con el paso del tiempo Dekon tenía toda su superficie completamente cubierta de gemas y piedras preciosas.  Todos los cubos le admiraban e incluso envidiaban; pero ninguno de ellos lo trataba como lo que era, sino por aquello que tenía.  Querían saber cómo conseguir aquellas gemas tan brillantes, querían que se las prestara, e incluso en algunos casos hasta querían robárselas.

Dekon no se sentía completo, por lo que comenzó a quitarse aquellas piedras preciosas de su superficie y a buscar algo que llevar a su interior que lo pudiera completar como cubo.

Algunas personas nos olvidamos de que nuestro valor no está en lo que llevamos puesto, sino en lo que tenemos en nuestro interior.  La cultura, los valores personales y nuestros comportamientos son lo que nos hacen ser quienes somos y lo que aporta a las personas que se acercan a nosotros.

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El último tren

23 noviembre, 2012 por José Maria Garteiz

Faltaban pocos minutos para que el tren nocturno partiera de aquella estación.  Mientras el maquinista arrancaba de nuevo los motores, y el guardagujas terminaba de revisar su listado de tareas antes de la partida, una hermosa mujer de cabello oscuro y ojos claros caminaba por el andén hacia su vagón con un libro en una mano y su pequeña maleta de viaje en la otra.

Cuando el reloj marcaba las 11 horas y 59 minutos aquella belleza ibérica puso un pie sobre la escalerilla de su vagón.  Antes de impulsarse hacia arriba echó una mirada atrás, como intentando traer a su mente algún recuerdo melancólico de su estancia en aquella ciudad que apenas duró unas pocas horas.  Esbozó una sonrisa y se impulsó dentro del vagón.

Mientras caminaba por el estrecho pasillo del vagón escuchó de fondo el silbato del guardagujas advirtiendo de la inminente partida de aquel tren de media noche.  Los motores diésel de aquella vieja locomotora rugieron de nuevo a máxima potencia, tirando de toda su carga bruscamente.  Aquel repentino golpe hizo que aquella bella mujer perdiera el equilibrio y el libro que sujetaba con una de sus manos cayera al suelo.

Al recobrar el equilibrio suspiró con cierto malestar y se agachó a por su lectura.  Pero justo antes de poder alcanzar Las Cincuenta Sombras de Grey que yacían sobre el suelo, otra mano se adelantaba a cerrar la cubierta del libro y entregárselo a medio camino.

Ante la sorpresa inicial, aquella mujer no pudo más que levantar su mirada para ver quién era la gentil persona que se había agachado a por su libro.  Un hombre de ojos verdes y melena alborotada la sonreía y miraba fijamente a los ojos mientras sujetaba la obra con una mano y con la otra se agarraba a la pared para no perder el equilibrio con el traqueteo inicial del tren.

La sangre fluyó a las mejillas de aquella belleza íbera, mostrando inconscientemente todo el rubor que aquel desconocido había provocado en ella.  En un intento por romper aquel incómodo instante, aquella mujer logró sacar de su garganta un suave y tímido: “¡Gracias!”, mientras extendía su mano para alcanzar el libro.

El cambio de vía en aquel preciso instante hizo que toda ella se zarandeara, haciendo que su mano rozara suavemente la de aquel galán.  Un flujo eléctrico recorrió todo su cuerpo.  Su vello se erizó, sus pupilas se dilataron, sus ojos se abrieron denotando sorpresa y su respiración se entrecortó.  De un salto, aquella mujer que apenas rondaba los treinta años, se puso en pie, y con el libro en la mano se giró y prosiguió su camino con la cabeza baja y las mejillas sonrojadas.

Al llegar a la puerta de su compartimiento se giró para despedir con una sutil sonrisa y una pícara mirada a aquel caballero de elegante porte que caminaba pasillo abajo y que parecía no haberse percatado de su existencia.  Una vez dentro de su camarote se sentó en la butaca, la cual se convertiría en cama en breve, y recordó aquellos ojos verdes y aquella melena que graciosamente los tapaba.

Mientras tanto, aquel desconocido había llegado a su butaca con un solo pensamiento en la mente: volver a ver a aquella mujer.  Lo más curioso de todo era que, aquel hombre, que ya peinaba canas, sentía una sensación que hacía años que no sentía.  Su corazón se aceleraba involuntariamente al pensar en aquella mujer con la que se había topado hacía escasos momentos.  De hecho, parecía como si éste músculo quisiera salir de su pecho y correr hacia el camarote de la mujer que había rozado su mano de forma casual.  Sentía cómo todo su ser se alegraba de aquel encuentro fortuito por alguna extraña razón.

Los minutos pasaron, y aquella sensación de júbilo y nerviosismo seguía presente en él.  ¿Cómo podría tranquilizar su corazón y su mente?  Tal vez el darse un paseo por lo vagones lo ayudaría a relajarse.  Así que, dicho y hecho, apoyó sus manos sobre los reposabrazos y se levantó de aquella butaca.  Miró a uno y otro lado del vagón y comenzó a caminar por el tren con la ilusión de encontrar a aquella mujer de nuevo.

Al llegar al vagón donde ambos se habían encontrado al iniciar su viaje, se paró.  Su mirada comenzó a buscar, inconscientemente, a aquella mujer de larga melena; pero el vagón estaba vacío.  Su corazón se apenó.  Se giró hacia la ventana y se quedó mirando por ella hacia los árboles que pasaban furtivamente delante de sus ojos.

De pronto, al fondo del vagón, se escuchó el ruido de una puerta que se abría.  Su corazón se aceleró.  Giró la cabeza.  Sus ojos se abrieron un poco más y sus pupilas se dilataron en un intento por captar toda la luz y no perder detalle alguno de la acción que transcurría unos metros más allá.  Su cara esbozó una sutil sonrisa y dio un paso hacia delante, como si una energía invisible le atrajese hacia aquel ruido.  Pero de aquella cabina donde se produjo el ruido no salió la mujer que él deseaba, sino el revisor del tren con unas mantas en su mano.  ¡Su gozo en un pozo!  Suspiró y se giró de nuevo hacia la ventana mientras el revisor llamaba a la siguiente puerta.

¿Dónde estaría aquella mujer?  ¿Volvería a verla de nuevo algún día?  ¿Podría intercambiar unas palabras con ella?  Mientras se hacía estas preguntas las luces del pasillo bajaron de intensidad y del compartimiento donde hacía escasos segundos había entrado el revisor, salía una persona que, al igual que él, se puso frente a aquella ventana para ver la campiña, las estrellas y la luna que todo lo iluminaba en aquel instante.  Él giró su vista hacia el lugar donde el taconeo se había silenciado y la vio.  Allí estaba ella, aún más bella si cabe por el reflejo de los rayos de la luna sobre su larga melena.  Enderezó su cuerpo, mientras ella, con cara de sorpresa, intentaba no ruborizarse de nuevo.  Sus cuerpos se alinearon el uno frente al otro y, tal y como dicta la teoría newtoniana, se atrajeron el uno hacia el otro.  Paso a paso aquellas dos sombras comenzaron a acercarse.  Poco a poco, sin prisas, hasta llegar a una distancia de poco más de medio metro entre sus cuerpos.

A partir de ese momento pareció haber una conexión entre aquellas dos almas.  Durante las siguientes horas estuvieron hablando de esto, de aquello, y de lo de más allá.  Parecía como si se conocieran de toda la vida, ya que podían hablar de casi cualquier tema.  Las conversaciones se entrelazaban aunque no tuvieran relación la una con la otra en un primer instante.  Por la ventana del vagón cafetería comenzaron a entrar los primeros rayos de sol.  El tiempo había pasado tan deprisa que ninguno de aquellos locuaces seres de la noche se había dado cuenta de que estaba amaneciendo.  Ambos se levantaron de aquellos asientos y, dejando tras de sí varias tazas de café sobre la mesa, cambiaron de vagón.

Al llegar al camarote de donde ella había salido horas antes, ésta agarró el pomo de la puerta y lo giró suavemente.  Antes de abrir completamente la puerta se dio la vuelta y se quedó mirando a su acompañante.  Aquel galán nocturno miró aquellos ojos azules durante apenas un segundo y su corazón no pudo más que revolucionarse de nuevo.  Respiró profundamente y miró aquellos tersos labios rojos y, sin explicación aparente, surgió un deseo incontrolable de besarlos. Lentamente acercó su rostro al de ella y, de pronto, sintió cómo todo su cuerpo era agitado.  ¡Señor, señor, ya hemos llegado a su destino!  Abrió los ojos y vio al revisor zarandeándolo.  Le dio las gracias y se incorporó en su butaca.  Mientras se acicalaba y peinaba la melena se abrió la puerta de su vagón, por donde entró aquella mujer a la que había recogido el libro y con la que había soñado.

Las oportunidades se nos suelen presentar una vez en la vida.  El saber aprovechar esa oportunidad depende exclusivamente de nosotros, de saber gestionar nuestros miedos.  Por tanto, si consideramos que nos debemos arriesgar y dar el paso, seamos valientes, demos los pasos necesarios para alcanzar ese objetivo y, aunque el desenlace no depende sólo de nosotros, la experiencia nos podrá aportar alegrías o conocimiento adicional para mejorar y desarrollarnos para cuando se presente una oportunidad similar en el futuro.

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El relojero

15 octubre, 2012 por José Maria Garteiz

Oscar debía de tener alrededor de cinco años cuando entró por primera vez al taller de relojería de su padre. Los engranajes de aquellas máquinas colgados por todas las paredes; los instrumentos utilizados para las reparaciones por encima de la mesa de trabajo; las lupas de diferentes aumentos para ver hasta el componente más pequeño; y el continuo tic-tac que se escuchaba por toda la habitación fueron algunas de las cosas que marcarían el destino de aquel diablillo que pasaba las horas sentado en una banqueta junto a su progenitor.

Ahora, cincuenta años más tarde, Oscar se sentaba en la misma silla que utilizaba su padre. Mientras desmontaba un reloj de bolsillo que le había traído hacía unos días un anciano, Oscar se detuvo un momento para coger aire. Durante un instante su mente voló y comenzó a recordar cómo había llegado a ser el maestro relojero que era; la satisfacción que le daba ser reconocido a nivel local e internacional como uno de los mejores profesionales de su gremio; y cómo, hace menos de treinta años, tuvo que hacerse cargo del negocio cuando su padre falleció repentinamente de un ataque al corazón. La vida parecía sonreirle, pero sabía que este momento tan dulce no sería eterno ¿Podría hacer algo para mantener su vida en ese mismo estado? ¡Qué fantástico sería poder detener el tiempo para que nada cambiara! ¡Detener el tiempo, qué gran idea! Siendo relojero ¿no sería capaz de crear un reloj con el que parar el tiempo? Dejó el trabajo que tenía entre manos y sacó papel y lápiz. Miró durante unos segundos aquel folio en blanco y se puso a dibujar lo que sería su obra maestra.

Durante las siguientes semanas Oscar estuvo encerrado en su taller sin apenas salir. Para no ser molestado le pidió a su ama de llaves, María, que le dejara la comida al otro lado de la puerta; pero que no llamara, ya saldría él a por su almuerzo cuando tuviera hambre. Tanto era el interés que había puesto en sacar adelante su obra que pidió a sus amigos que no le visitaran para no perder tiempo; hasta cerró las ventanas para que no entrase la luz del día y de esta forma la claridad del amanecer no le desconcentrara. Tan concentrado estaba en el desarrollo de aquel reloj que perdió la noción del tiempo por completo.

Un día, después de infinidad de bocetos tirados a la papelera; de multitud de pruebas; y de más de una rabieta porque aquello no iba en la dirección que quería, Oscar se levantó de su silla y gritó “¡Ya está, lo tengo! Con suma delicadeza cogió entre sus manos lo que parecía un simple reloj de bolsillo y lo acercó a la lámpara. Aquel reloj relucía como ningún otro lo había hecho hasta entonces. Sus manecillas, aún inmóviles, eran tan esbeltas como el cuerpo de una mujer, y en la proporción adecuada para que el reloj fuese bonito a la vista. Ahora sólo faltaba comprobar que aquella genialidad funcionaba como estaba previsto.

Oscar tomó el reloj con una mano y, con la otra, cargó el muelle motriz, el cual, una vez enrollado completamente, comenzó a liberar la fuerza de torsión necesaria para mover el mecanismo a través de su tren de engranajes, la rueda de escape y el Ancora. El segundero comenzó a girar de izquierda a derecha, y la habitación se llenó con los famosos tic-tac que hace años le hicieron convertirse en relojero. Oscar corrió a la ventana y abrió de golpe la contraventana. El rayos de sol entraron de golpe en aquella habitación después de mucho tiempo en tinieblas. Oscar se llevó la mano a los ojos para protegerlos, se giró y corrió a la puerta, la abrió de golpe y gritó: ¡María, María, ya lo tengo!

Por las escaleras que llevaban a la primera planta apareció una joven asustada por el escándalo. Oscar no daba crédito a sus ojos. Aquella joven, que apenas tendría veinte años ¡era María! ¡Lo había conseguido! ¡No sólo había conseguido detener el tiempo, sino que lo había hecho retroceder!

Mientras la joven bajaba las escaleras gritando “¡Señor, señor!”; Oscar se apresuró a la puerta de entrada. Agarró el pomo de la puerta y lo giró. Cuando comenzó a abrir aquel armazón de madera notó cómo una mano le agarraba el hombro mientras una brusca fuerza cerraba de nuevo la puerta. Se giró con cara de sorpresa y con cierto enfado replicó “María ¿qué hace?”.

Señor, no soy María” – respondió ella.

¿Cómo que no?” – replicó Oscar con cara de sorpresa.

Señor, míreme bien” – contestó aquella jóven.

Oscar enfocó su vista a la cara de la joven. La miró de arriba a abajo detenidamente. El parecido era asombroso; pero efectivamente, no era su ama de llaves, María. “¿Quién eres?” – preguntó Oscar.

La joven lo llevó al salón, lo sentó en el sofá y le dio una copa de coñac. Se sentó a su lado y comenzó a explicarle quién era y que había pasado durante el tiempo que había estado encerrado en su taller preparando su obra maestra. Oscar no podía creérselo. Lo que él pensaba que habían sido unas pocas semanas de trabajo habían sido treinta años de intenso trabajo. María, su ama de llaves, había fallecido hacía diez años y, aquella joven era su sustituta, quien había seguido haciendo lo mismo que su antecesora, tal y como ella le había enseñado. Gran parte de sus amigos, a los cuales despidió al iniciar su proyecto para que no le molestaran, habían muerto. Y el mundo, tal y como él lo conocía, había desaparecido.

Oscar miró el reloj que tenía entre sus manos y comenzó a llorar. Todo el tiempo que había invertido en crear una máquina que detuviese el tiempo no funcionaba. Todo a su alrededor había seguido moviéndose, cambiando, evolucionando. Sólo había un sitio donde todo se había parado y donde nada había cambiado en treinta años. Alzó la copa. Dio un sorbo al aguardiente y se levantó del sofá. Con paso lento y renqueante se alejó de su recién conocida ama de llaves. Al llegar a la puerta de su taller se giró y dijo: “Ya no necesito de tus servicios, te puedes ir”. Entró y cerró la puerta tras de si.

A todos nos gustaría parar el tiempo en determinados momentos de nuestra vida, para disfrutar de ellos un poco más. Al igual que nos gustaría acelerar otros para que pasen más deprisa y así sufrir menos. Pero son esos momentos, los buenos y los malos los que nos permiten tener una vida plena. El intentar detener el tiempo puede hacer que nos quedemos en el pasado, en un tiempo irreal que impide nuestra evolución, haciendo que nos perdamos todos los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor y que hacen que nuestra vida sea plena y tenga sentido.

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El señor escondido

3 septiembre, 2012 por José Maria Garteiz

Serafín era para la mayoría de sus amigos una persona afable con la que se podía tomar una cerveza después del trabajo, echar unas risas, y hablar de un sinfín de temas. De igual manera, las mujeres que habían tenido la oportunidad de compartir una cena, o un baile, le describían como una persona simpática, con un ápice de timidez, combinación ésta que aumentaba su atractivo, a pesar de la falta de encantos físicos del susodicho.

Como cada tarde después del trabajo, Serafín volvió caminando a casa. Durante el trayecto se topó con varios conocidos, a quienes lanzó un escueto “hasta luego” sin perder la velocidad de crucero que había alcanzado y sin apenas desviarse de su ruta. Esta actitud sorprendió a más de uno, quien supuso que algo le pasaba para que no se parara a charlar con él aunque fuese un par de minutos, como ya había hecho en ocasiones anteriores.

Efectivamente, el día de Serafín había sido un completo desastre. Si en alguna ocasión los astros se debían alinear para generar una serie de situaciones catastróficas que le afectaran directamente a él, había sido aquel día. La ruptura de la impresora evitó que pudiera imprimir su presentación minutos antes de la llegada de su cliente más importante; el sistema de filtrado de la máquina de café también falló en el momento de ir a preparar las bebidas; no sólo eso, sino que la ineptitud de la persona que trajo los cafés de la cafetería de la esquina hizo que tropezara al entrar en la sala y derramara el oscuro líquido por toda la mesa donde se encontraban los documentos que acababa de subir de la imprenta. Así que lo mejor parecía ser llegar lo antes posible a casa y dar por terminado el día.

Al llegar frente a la puerta de su casa Serafín sacó las llaves de su bolsillo. Abrió la puerta. Entró en su casa. Cerró la puerta tras de si y dejó las llaves sobre la mesita de la entrada. Se dirigió a su cuarto, donde dejó la chaqueta, el maletín y la corbata. Mientras se desabotonaba la camisa se dirigió al salón. Encendió la luz. Bajo las persianas que daban a la calle y se acercó a la biblioteca. Extendió su mano derecha y tiró de un libro como si quisiera sacarlo de la estantería para leerlo. En ese momento se escuchó un clic y el mueble comenzó a separarse de la pared.

Aquella biblioteca escondía tras de sí una entrada protegida por una puerta de acero. Serafín se acercó a ella y marcó una serie de números en el panel situado a la derecha de la puerta. Se escuchó un pitido de confirmación y el aire que bloqueaba los engranajes de sujeción fue expulsado por las aberturas que se encontraban alrededor del marco metálico. Aquella mole de acero comenzó a moverse lentamente, mientras Serafín ponía una silla delante de aquella entrada y se sentaba a esperar.

Al cabo de unos segundos Serafín escuchó el sonido de unas cadenas y observó como una silueta se acercaba hacía donde él se encontraba. Serafín tomó aire y apretó la espalda contra el respaldo de la silla, como en un intento de alejarse un poco más de aquel ser que salía de entre la oscuridad. Todavía con las manos cerca de los ojos, en un intento de protegerlos de la luz, aquel ser pudo oler a Serafín, momento éste en el que aquella bestia se lanzó hacia la salida con toda su energía. Serafín se levantó bruscamente de la silla y dio un paso atrás; pero las cadenas que sujetaban a aquella cosa impidieron que pasara más allá del marco de la puerta de acero.

Fue entonces cuando Serafín se acercó a una distancia prudencial de aquel ser y comenzó a contarle su día: lo mal que lo había pasado, la frustración que había sentido, la impotencia, la rabia. A cada minuto que pasaba la respiración de aquella cosa era más agitada y un dolor enorme comenzaba a recorrer todo su cuerpo. Estaba creciendo. Sus rodillas se doblegaron ante el dolor y cayó al suelo, mientras Serafín continuaba con su relato, cada vez más acalorado. La bestia no dejaba de gruñir con cada palabra que lanzaba Serafín, y su cuerpo aumentaba de volumen como un globo cuando se infla.

Después de quince minutos Serafín estaba totalmente relajado. Se sentía bien. Miró a aquel ser que yacía sobre el suelo y marcó de nuevo el código en el panel para cerrar aquella sala secreta. Mientras se cerraba aquella enorme puerta de nuevo Serafín echó una última mirada a aquel ser que volvía la cara para mirarle por última vez. Serafín le miró y vio su reflejo en aquella cosa que se quedaba encerrada en aquel hueco de la pared bajo cuatro llaves, escondido, para que nadie sepa de su existencia.

Algunas personas podemos esconder dentro de nosotros a un ser al que pocas veces dejamos ver la luz del día. Un ser al que damos de comer con nuestra rabia, odio, envidia y resentimiento. Una bestia que, si en algún momento se escapa a nuestro control, podría causar destrozos en nuestro entorno, pudiendo agredir a nuestros seres más queridos y, provocando en ellos, un rechazo absoluto hacia nuestra persona.

Lo más importante en estos casos suele ser identificar si esa persona existe en nuestro interior para, de la manera menos traumática, removerla de una vez por todas de nuestra vida. En el peor de los casos es posible que no consigamos removerla completamente de nuestra vida; pero sí podremos conocer cuáles son las cosas que la alimentan y evitarlas. De esta forma nuestra vida, y la de aquellas personas que nos rodean, será más completa.

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Víctimas emocionales

10 agosto, 2012 por José Maria Garteiz

En alguna ocasión es posible que nos hayamos sentido atraídos por una persona a los pocos minutos de conocerla. Tal vez fuera su aspecto físico lo que nos atrajo inicialmente; o su conversación, la cual era nula si tenemos en cuenta que sólo hablaba yo; o tal vez su mirada seductora, la cual era tan electrizante que nos erizaba el pelo de todo el cuerpo; pero en cualquier caso, y sin tener muy claros los motivos, nos sentimos atraídos hacia esa persona de manera irremediable.

A partir de ese momento nuestra capacidad creativa aumenta de forma exponencial con el objeto de ayudarnos a encontrar alguna actividad en la que podamos coincidir de nuevo. Volver a quedar con los amigos para tomar una cerveza, salir a bailar a alguna discoteca de moda, una salida al campo… ¡cualquier cosa vale con tal de volver a verla!

Al llegar el siguiente encuentro nuestros corazones laten a un ritmo poco habitual. Desde el momento en el que se cruzan nuestras miradas comenzamos a buscar esa chispa, una chispa que, si salta, puede hacer que nuestros labios se encuentren al final de la velada.

Sin embargo, también es posible que la otra persona no esté del todo “emocionada” con nosotros. Es posible que la otra persona no esté disponible en ese momento porque, tal vez, tenga a otra persona en la cabeza; o quizás porque no quiera meterse en una nueva relación después de lo mal que acabó la última. Por tanto, el encuentro es frío, distante. En ese entorno difícilmente saltará ninguna chispa. Nos sentimos rechazados por la otra persona.

Este sentimiento de rechazo, el sentir que la persona por la que nos sentimos atraídos no tiene un sentimiento recíproco hacia nosotros, hace que nos convirtamos, de forma inconsciente, en víctimas de esa relación que nunca llegó a germinar. Nuestra sociedad, alentada tal vez por sus creencias católicas, fomenta que estas personas que no han llegado a ser amadas, se consideren víctimas de esta injusticia emocional. Pero ¿cuál es realmente la injusticia que hemos sufrido en nuestras carnes?

Tal vez la injusticia haya sido la propia realidad. Una realidad que en muchas ocasiones es cruel si no estamos preparados para ello. Una crueldad que debe ser endulzada de alguna forma por las personas que nos rodean para evitar que nos sintamos mal. Pero la realidad, nos guste o no, es que no podemos atraer a todas las personas que nos rodean. No podemos tener afinidad con todas ellas, aunque en ocasiones tengamos muchas cosas en común.

Por tanto, cuanto antes comencemos a asumir este hecho, que no podemos gustar a todas las personas por las que nos sentimos atraídos o interesados, antes dejaremos de sufrir. Un hecho que, además, puede darse en ambos sentidos, es decir, en ocasiones podemos estar nosotros en el otro lado, en el lado de la persona que no está interesada por la propuesta que le hacen.

Lo mejor para evitar ser víctimas emocionales es asumir la realidad. Y la realidad es que no todas las personas con las que nos topemos en esta vida, y por las que nos sintamos atraídos, van a estar interesadas en nosotros. También es importante dejar a un lado la fantasía en la que idiotizamos a la otra persona, en la que le decimos que no sabe lo que se va a perder por no estar con nosotros, en la que nos encumbramos a lo más alto y nos creemos el no va más; tan sólo como respuesta a nuestra rabia por haber sido relegados a un segundo lugar en su vida.

El aprender a gestionar nuestros sentimientos, nuestra rabia, nos puede ayudar a seguir con nuestra vida en un corto periodo de tiempo. Nos puede ayudar a ser el protagonista de nuestra vida, y no un actor secundario a expensas del guión que nos vaya escribiendo la otra persona.

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Detectores de fallos

9 julio, 2012 por José Maria Garteiz

Juan era uno de esos arquitectos que, después de quince años diseñando edificios, revisando edificios en plena construcción, y paseando por habitaciones mientras estaban siendo remodeladas, era capaz de detectar fallos estructurales con una facilidad asombrosa.

Una mañana, mientras estaba en su estudio, Juan recibió la llamada de Cristóbal, un viejo amigo de la infancia. Cristóbal llamaba a su amigo para informarle de que, con motivo de su reciente cambio de trabajo, iba a celebrar una pequeña reunión con todos los amigos ese fin de semana. El lugar de la reunión sería su casa, un chalecito a las afueras de la ciudad. Juan aceptó gustoso la invitación.

La semana se pasó volando y, para cuando Juan quiso darse cuenta, ya estaba conduciendo hacia la casa de su amigo. Apenas cuarenta y cinco minutos después de salir del garaje, Juan estaba tocando el claxon junto a la puerta de la casa de su amigo para hacer ver que ya estaba allí. Cristóbal salió a la puerta a recibirlo junto a su mujer y sus dos hijos pequeños. Tras los besos y abrazos pertinentes, lo invitaron a pasar dentro.

Debido al poco tráfico que se había encontrado por el camino, Juan había sido el primer invitado en llegar a la casa, por lo que María, la mujer de Cristóbal, invitó a los dos amigos a visitar la casa mientras ella sacaba al perro a pasear.

Ya que estaban en el salón, Cristóbal comenzó el tour por aquella misma habitación. Acto seguido pasaron a la cocina, una estancia que había sido reformada hacía poco más de cinco años para aumentar la luz y la amplitud de la misma después de tener al último de sus retoños.

Con una botella de cerveza recién sacada del frigorífico en la mano, los dos amigos comenzaron a subir las escaleras hacia la primera planta, donde se encontraban las habitaciones principales. Seguidos en todo momento por el mayor de los hijos de Cristóbal, Eduardo, de seis años, el dueño de la casa seguía mostrando a su invitado las diferentes estancias, al tiempo que indicaba aquellas reformas que habían sido realizadas con objeto de mejorar la calidad de vida según la familia iba creciendo.

Juan no perdía detalle de lo que su amigo le contaba mientras daba pequeños sorbos a su cerveza. Pero si él no perdía detalle, el pequeño clon de su amigo que los seguía a escasos metros, tampoco. Aquellas avellanas redondas se habían clavado en Juan desde el mismo momento en el que comenzaron a subir las escaleras. De vez en cuando Juan daba un sorbo a su botella y aprovechaba para mirar de reojo a aquel pequeño malandrín que, rápidamente, apartaba su mirada hacia el suelo, en busca de algún objeto imaginario.

Después de varios minutos entrando y saliendo de las diferentes habitaciones de la casa aquel trío de varones bajó de nuevo al salón. En ese preciso momento María entraba por la puerta con Jup, el perro de la familia, quien había encontrado una pequeña charca de barro donde, según el miembro más pequeño de la familia, había patinado y había caído panza arriba. Desafortunadamente para él, y para Cristóbal, ahora iba a tener que ser bañado si quería volver a ser un perro respetado en el barrio.

Mientras su amigo enchufaba al chucho con la manguera, y su mujer cambiaba de ropa al alevín de la familia quien, por algún motivo se había sentido emocionalmente atado al cánido después de su percance en el barro; Juan se sentó en el sofá del salón, no sin antes observar que Eduardo se había sentado sobre el apoyabrazos del otro extremo del sofá.

Aquel niño no dejaba de observarle. Y lo peor de todo es que no decía nada. Juan ya no sabía que hacer. En un intento de disimular y hacer aquella situación algo más llevadera había mirado al techo, al suelo, a las ventanas, incluso se había dado la vuelta y había aireado los cojines del sofá, pero aquello era insostenible. De pronto Eduardo dio un pequeño salto y posó sus dos pies en el suelo. Se acercó a Juan y se le puso enfrente. Le puso sus dos pequeñas manos en la cara y le preguntó -¿No has visto las goteras del pasillo? ¿Ni la grieta del techo en mi cuarto?

Juan, sorprendido, y todavía con las manos del pequeño presionando sobre sus mofletes respondió -¡Si!

El pequeño replicó -¿Y por qué no has dicho nada, si eres arquitecto?

Juan esbozó una sonrisa y, mientras quitaba dulcemente aquellas pequeñas garras de su cara contestó -Porque tu papá ya lo sabe.

La mayoría de nosotros sabemos perfectamente cuáles son nuestras debilidades, tal vez porque aquellos grandes observadores que nos rodean diariamente no dejan de repetirnos una y otra vez que somos unos holgazanes, unos desordenados, unos descuidados…, en un vano intento por encumbrarse como como “detectores humanos de fallos ajenos”.

El decir continuamente los fallos a los demás no aporta nada, salvo una posible queja en el otro y un ligero sentido de grandeza en nosotros. Pero si realmente queremos que nuestras palabras surtan un efecto positivo en la otra persona, si realmente queremos influir sobre los demás, tal vez debamos fomentar primero ciertas habilidades en nosotros mismos.

Aprender a decir las cosas es una cualidad que nos permitirá tener conversaciones sin que la otra persona se sienta ofendida, sin que ésta se esconda detrás de enormes escudos de energía que evitan que mis palabras penetren y surtan efecto. Si la otra persona no nos considera como un enemigo, si nuestras palabras no la ofenden sino que la animan a iniciar un nuevo camino, entonces comenzaremos a dominar el arte de la palabra.

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Corazón de hielo

10 junio, 2012 por José Maria Garteiz

Julia era una mujer hermosa. Una mujer llena de vida a quien le gustaba disfrutar de las actividades al aire libre junto a sus amigos. Los hombres que la conocían quedaban prendados de su atractivo como mujer y de su energía como persona. Tal vez fuera esta la razón por la que, Roberto, un hombre algo mayor que ella con quien había compartido los dos últimos años de su vida, decidiera abandonarla de la noche a la mañana porque ya no era capaz de soportar los celos.

Ahora Julia se encontraba sola de nuevo, en su apartamento, sin nadie con quien poder comentar la película que en aquel momento ponían en la televisión. Pero la vida tenía que continuar, así que, en el momento del intermedio, Julia se levantó para ir a la cocina a por un vaso de agua. Mientras caminaba por el pasillo notó un dolor en el pecho que la hizo pararse unos segundos y reclinarse sobre la pared. Después de unos segundos prosiguió su camino hacia la cocina.

Al llegar a la cocina cogió un vaso y lo llenó de agua. Dio un sorbo y volvió a dejar el vaso en el fregadero. Al ir a apagar la luz notó de nuevo un pinchazo en su corazón; pero esta vez el dolor hizo que sus piernas no pudieran sostener su cuerpo y cayera de rodillas sobre los baldosines de la cocina.

Retorcida en el suelo Julia notaba cómo su corazón, ahora totalmente arrítmico, intentaba escapar de su caja torácica, haciendo, en el intento, que su dolor se triplicase cada segundo que pasaba. Así que, sin pensárselo dos veces, Julia acercó su mano a su pecho y comenzó a empujarla en un intento por alcanzar su corazón. Tras unos segundos haciendo fuerza su mano comenzó a hacerse paso entre la piel. Al cabo de un minuto sus dedos comenzaban a abrirse paso entre la musculatura y las costillas. El dolor era insoportable; pero sus dedos cada vez estaban más cerca de alcanzar ese músculo que tanto dolor le estaba provocando. Al cabo de unos quince minutos Julia había alcanzado su corazón. Lo rodeó con su mano y, sin pensárselo, se lo arrancó de cuajo de su pecho al tiempo que lanzaba un grito y perdía el conocimiento en el frío suelo de la cocina.

Julia abrió los ojos. Ya no tenía ese dolor en su pecho. Giró su cabeza y miró su ensangrentada mano derecha. Su corazón, aunque pareciera mentira, seguía latiendo. Se miró al pecho, y vio que lo tenía cicatrizado. Se levantó, sin perder de vista su corazón. Buscó un cuenco. Y depositó su corazón en él. Miró a todos lados y se preguntó dónde podría dejarlo para que no le pasara nada. La mejor opción parecía el congelador. Abrió la puerta y metió el recipiente que contenía tan vital órgano. Se duchó y se acostó.

Al día siguiente Julia se despertó pletórica de energía. Se levantó y se acercó al congelador para ver cómo estaba su corazón. El frío había hecho que el número de pulsaciones disminuyera, y algunas partes del mismo parecían haberse congelado ligeramente. Julia cerró la puerta y se fue al gimnasio.

Las personas con las que se fue encontrando la notaban diferente. Si bien tenía la misma energía que hacía un tiempo, la percibían algo más distante, más fría. A Julia le hacían gracia este tipo de comentarios, en especial porque ninguna de aquellas personas sabía que su corazón se encontraba en el congelador de su casa. Pero ella se sentía bien. Ya no le dolía el corazón.

Durante las semanas siguientes Julia mantuvo su corazón en el congelador. Cada noche abría la puerta para ver cómo se encontraba. Y cada noche observaba que estaba algo más congelado y que su ritmo era algo más lento. Sin embargo, ella se sentía cada vez mejor. De hecho había tenido algún encuentro casual con algún hombre y no había sentido nada. Estaba feliz. El tener el corazón en el congelador la permitía no sufrir por nadie, ser independiente y hacer todo aquello que quería en el momento que la apeteciera.

Después de tres meses, en plenas fiestas del barrio, Julia decidió sacar el corazón del congelador para ver cómo estaba. Abrió la puerta. Sacó el cajón. Buscó el recipiente que contenía su órgano. Y lo alcanzó con una de sus manos mientras con la otra iba cerrando el cajón y la puerta del congelador. Mientras caminaba hacia la mesa de la cocina, uno de los petardos que estaban lanzando por el patio de la casa explotó a pocos metros de la ventana de la cocina. El ruido que provocó hizo que Julia se asustara y soltara el cuenco que llevaba entre manos, cayendo al suelo y haciéndose añicos.

Julia miró desconsolada aquel desastre. No solo el cuenco se había roto en mil pedazos, sino también su corazón. La temperatura tan baja que había alcanzado después de tantos meses escondido en la oscuridad habían hecho que el corazón fuera tan frágil como un diamante. Julia había perdido su corazón. A partir de ese momento sería incapaz de volver a amar, de volver a sentir e incluso de volver a sufrir por nadie.

En ocasiones las personas intentamos protegernos del sufrimiento haciéndonos más fríos, eliminando cualquier rastro de emoción; pero muchas veces, cuando queremos recuperar de nuevo esos afectos porque hemos encontrado a una persona que nos interesa de verdad, somos incapaces de recuperar el calor y la flexibilidad de ese órganos tan fundamental en nuestras vidas, bien porque sigue congelado, o bien porque se nos ha caído y lo hemos roto al intentar recuperarlo.

Sufrir en ciertos momentos no es ni bueno ni malo, lo que tenemos que intentar es saber gestionar nuestro dolor y nuestras emociones para que seamos personas más completas y no perdamos ningún momento de esta vida.

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La gran muralla

4 mayo, 2012 por José Maria Garteiz

Manuel había salido a pasear como cada día. Después de varias horas caminando, de pronto, se encontró en mitad del camino un muro que le impedía el paso. Si hubiera sido el típico muro de piedra de un metro de altura lo hubiera saltado sin mayor dificultad. Sin embargo, la altura de este muro era de unos cinco metros, lo cual complicaba significativamente el saltarlo. No sólo eso, sino que además, la piedra estaba muy bien pulida, lo cual dificultaba cualquier intento de escalada.

Manuel se alejó unos pasos de aquel muro y miró a su derecha. Luego giró su cabeza al otro lado, con el objeto de ver dónde terminaba el muro; pero en ambos casos el muro se perdía en el horizonte. Entonces Manuel se alejó un poco más, para ver si su vista daba con alguna puerta, entrada o hueco en aquella pared de piedra. Nada. Ni una grieta.

Manuel era un hombre persistente, y no había llegado hasta allí para darse la vuelta sin luchar un poco más, así que se acercó de nuevo al muro. Puso sus manos sobre él. Asentó sus pies sobre la tierra. Y comenzó a empujar con todas sus fuerzas en un intento por derribar aquellas piedras de su camino. Después de varios minutos empujando con sus manos, son sus hombros, con su espalda, y con cualquier parte de su cuerpo, Manuel desistió en su intento.

El esfuerzo maratoniano que le había supuesto empujar aquellas toneladas de piedra lo dejó casi sin fuerzas. Para recuperar algo de fuerzas se acercó a su mochila, la cual había dejado hacía unos minutos junto a una roca, para coger un bocadillo que se había preparado antes de salir de casa. Se subió a la roca. Se sentó. Quitó el papel de aluminio al bocadillo. Y se quedó mirando a aquel muro, intentando encontrar la forma de traspasarlo.

Después de varias horas Manuel seguía sin encontrar solución a su problema. Claro estaba que una solución podía ser el bordear aquel muro, pero parecía que no tenía fin, ni por su parte derecha, ni por su izquierda. El intentar derrumbarlo por la mera fuerza tampoco había dado resultado. Saltarlo tampoco era una solución, ya que era materialmente imposible hacerlo. Y grietas o huecos por los que atravesar aquel montón de piedras tampoco era una opción. Así que Manuel se quedó en aquella piedra sentado, pensando en cuál podría ser la solución a aquel dilema que le permitiera atravesar aquel muro casi impenetrable.

Muchos, muchos años después de aquel día en el que Manuel salió de paseo, otro caminante llegó a aquel lugar. Al llegar allí se encontró con un muro derruido por el paso del tiempo y, a pocos metros del camino, sobre una roca, la escultura de un hombre mirando hacia el muro con expresión pensativa.

En ocasiones algunas personas se empecinan en buscar una solución a un problema cuya única solución es el paso del tiempo. Sin embargo, en vez de darse la vuelta y seguir con su vida, siguen intentando encontrar una solución, sin darse cuenta que la vida sigue, y que están perdiendo un tiempo que nunca más podrán recuperar.

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Érase una vez…

26 abril, 2012 por José Maria Garteiz

…una bella joven que respondía al nombre de Ana. Ana vivía en un pequeño pueblo junto a las montañas. Un pueblo que nació cuando, hace un par de siglos, unos colonos vieron que la madera de aquellas tierras podía tener otros usos más eficientes que como mera leña para calentar los hogares. Después de poco más de doscientos años, aquel asentamiento tenía más de mil habitantes, de los cuales más de la mitad trabajaban o estaban relacionados con el sector maderero. De hecho, el noventa por ciento de las casas de no más de una altura y tejados extremadamente inclinados para evitar que el peso de la nieve del invierno dañase la estructura de la casa, estaban fabricadas con madera talada de los bosques colindantes.

Pues bien, un día de primavera, cuando la nieve ya se había fundido de los tejados y las laderas de las montañas, Ana decidió darse un paseo por uno de aquellos bosques. Después del desayuno, y cuando los rayos del sol comenzaban a evaporar las gotas de rocío de las flores más prematuras, salió caminando del pueblo por el camino que llevaba al bosque más cercano. Poco a poco fue cambiando el bullicio de la gente que paseaba por las calles del pueblo por el de los insectos, pájaros y pequeños animales que correteaban libremente en ausencia de depredadores que los pudieran engullir.

Tras unas horas paseando por el bosque el sol había subido en el cielo, y sus rayos penetraban de forma casi paralela a las copas semidesnudas de aquellos árboles centenarios. Fue uno de estos haces de luz el que, al incidir sobre un bosque de helechos, captó la atención de Ana. No fue el rayo en sí lo que llamó la atención de nuestra protagonista, sino el objeto brillante que se escondía entre aquellos helechos y que había sido descubierto por aquel torrente de luz.

Ana se desvió del camino marcado y se adentró en aquel bosque de elfos sin perder de vista aquel objeto brillante que el sol seguía iluminando. Después de varios metros separando helechos con las manos, Ana llegó al lugar donde nacía aquel tímido resplandor. Echó a un lado las plantas que la impedían ver con claridad aquel objeto y se arrodilló frente a él para verlo más de cerca.

Aquel objeto estaba cubierto casi en su totalidad por musgo y semienterrado en la tierra. Ana lo sacó con cuidado y comenzó a limpiarlo. Lo que en un principio parecía una hogaza de musgo y tierra comenzó a definirse como un cerco de metal dorado. Una vez quitó toda la tierra y musgo con las manos, Ana procedió a limpiarlo un poco más con un trozo de la falda que llevaba puesta. Era una corona dorada. Ana estaba impresionada por su hallazgo. Se levantó y se puso la corona sobre su cabeza a modo de complemento al vestido que llevaba. Puesto que no tenía un espejo donde ver si aquello le quedaba bien o no, partió hacia su casa.

Al llegar al pueblo Ana sintió como sus vecinos la miraban de forma diferente a la habitual. Algunos hombres, que hasta entonces ni siquiera la habían visto, la saludaban por primera vez. Y algunas mujeres hacían exactamente todo lo contrario, la quitaban la mirada e incluso el saludo. Ana no sabía por qué, pero se sentía diferente, especial. Al llegar a su casa subió corriendo las escaleras y se metió en su cuarto. Se puso delante del espejo y observó cómo le quedaba aquella corona que se había encontrado en el bosque y que había causado ciertos cambios en el comportamiento habitual de sus conciudadanos. A los pocos minutos su madre llamó a la puerta de su habitación y ésta se abrió. Ana miró a su madre con una sonrisa y ésta se acercó a ella para abrazarla entre sus brazos.

Desde aquel día en que Ana se puso la corona sobre su cabeza la gente de su pueblo, e incluso su propia familia, la comenzaron a tratar de forma diferente. Durante los años de su adolescencia la trataron como a una princesa. Y durante su madurez la pasaron a tratar como una reina. Ana estaba encantada con este trata que recibía de los demás. Un trato que no tenía que ser recíproco, ya que ella no se veía en la obligación de tratarlos de igual forma, si bien a todos y cada uno de ellos los había tratado siempre con respeto y dignidad. Pero todo esto cambió un fatídico día de otoño.

Al igual que hacía unos años atrás, Ana salió a dar un paseo por el bosque aquella mañana de otoño con su corona sobre su cabeza. Durante horas estuvo paseando por el bosque hasta que encontró una roca donde el sol otoñal todavía parecía calentar un poco. Ana se sentó sobre la roca mirando al sol y aquel maravilloso paisaje cuando de pronto, un ave cayó del cielo y cogió la corona entre sus garras. Ana y el animal forcejearon durante unos segundos, pero al final el ave levantó el vuelo con la corona en sus garras. Ana, furiosa, miró a su alrededor en busca de algún elemento arrojadizo. Cogió con sus manos unas piedras que había bajo sus pies y comenzó a arrojarlas contra el ave, intentando derribarla de alguna forma, pero no lo consiguió. Así que Ana se tuvo que conformar con ver cómo aquella ave se llevaba su corona a la cual tanto aprecio había cogido después de tantos años sobre su cabeza. Ana se bajó de aquel montículo y volvió al pueblo.

Al llegar al pueblo observó cómo las personas que hasta el momento la habían mirado cuando ella se acercaba, y quienes la habían saludado cuando llevaba puesta su corona, ahora bajaban la mirada y no la saludaban. Los más osados se acercaban y preguntaban por su corona ¿qué había sido de ella? Ante la explicación de Ana, los examinadores se daban media vuelta y se iban por el mismo camino por el que habían venido. Ana parecía no ser especial. Ana había dejado de ser reina.

En algunas ocasiones las personas nos sentimos bien cuando somos tratados como príncipes o reinas, aunque no lo seamos realmente, pero el sentirse querido, alagado, mimado es algo que nos puede hacer sentir bien, en especial cuando no tiene que ser recíproco y nadie nos va a pedir cuentas si no hacemos lo mismo por ellos. Sin embargo, cuando perdemos nuestro trono, o cuando lo vemos amenazado por otra persona, podemos sentir envidia por ella, e incluso llegar a tener comportamientos agresivos hacia ella con el único objeto de preservar un poco más nuestro reinado. No importa que el presunto usurpador del trono tenga derecho a él, esté en su derecho de solicitarlo, o incluso que sea totalmente legítimo subir a ese trono.

Al final del día las personas queremos ser especiales, ya sea con corona o sin ella. No nos importa si nos tratan de manera especial porque tenemos alguna cualidad que nos permite ser especiales, siempre y cuando la otra persona nos muestre su afecto y amor hacia nosotros. Pero en cualquier caso, lo que verdaderamente nos puede costar, es perder nuestro reinado de años frente a una tercera persona que acaba de llegar.

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La vía muerta

25 marzo, 2012 por José Maria Garteiz

Mario llevaba años construyendo vías ferroviarias. Su pasión era construir caminos de acero que llevaran de un punto “A” a otro “B” en el menor tiempo posible. No le gustaba pensar que los futuros usuarios de esas vías tendrían que permanecer durante horas sentados en el asiento de su vagón mientras veían pasar el paisaje frente a sus ojos a toda velocidad. Hasta la fecha había conseguido que todos sus trenes llegaran a su destino sin problema, de forma rápida y sin causar muchos trastornos a los viajeros.

Un día, no muy diferente a otro cualquiera, le dieron un nuevo proyecto. Tenía que construir una vía que salía de un punto marcado con una gran equis en su mapa, pero cuyo destino estaba todavía por determinar. Esto era completamente nuevo para él – ¿hacia dónde tengo que dirigirme? – se preguntaba – ¿Norte, Sur, Este u Oeste? Aquello era una gran incógnita. Sus jefes le dijeron que utilizara su intuición y experiencia para esta nueva obra, pero aún así a Mario no le quedaba muy claro cuál era su objetivo final. Aún así se puso manos a la obra y mandó sus excavadoras hacia aquella gran equis marcada en su mapa.

Después de unos días el equipo de trabajo estaba listo para comenzar a quitar la maleza, allanar la tierra con enormes apisonadoras, apuntalar los raíles sobre las traviesas y hacer las pruebas de alineación necesarias para confirmar el paralelismo del carril. Sin embargo, todavía nadie le había comunicado hacia dónde se tenían que dirigir. Puesto que el tiempo apremiaba, Mario decidió comenzar las obras en la dirección que su cuerpo le pedía. Aunque esa misma intuición le decía que ese camino no llevaba a ningún sitio.

Los días pasaron y las enormes máquinas seguían moviendo las tierras, compactando las capas superficiales contra las más profundas para que las lluvias, los vientos y el paso de los pesados vagones no afectaran a ese camino por el que algún día miles de viajeros tendrían que transitar. Sin embargo, la ubicación de ese segundo punto, el punto al que su vía tenía que llegar, seguía sin estar clara.

Tras varios meses de trabajo y esfuerzo Mario y su equipo habían tirado varios cientos de kilómetros de raíles sobre aquellas tierras tan inhóspitas en algunas ocasiones como bellas y agradecidas en otras. El tiempo para que la Dirección de la empresa hubiera tomado una decisión sobre el destino final de aquella vía había sido más que prudente. Tal vez por ese motivo, por priorizar la eficacia de sus obras, o por las continuas interrupciones que su intuición hacia a lo largo del día en su cabeza, Mario decidiese aquella mañana de primavera, tras el habitual desayuno en la caseta junto al resto de su equipo, concluir el proyecto a las 17:00 horas de aquel mismo día.

Durante toda la mañana sus hombres estuvieron trabajando sin descanso, como lo venían haciendo hasta ahora. Tras el almuerzo ninguno de ellos bajó el ritmo por ver que se acercaba la hora del fin de la obra, sino que lo aumentaron un poco más con el objeto de arañar unos metros más a aquella obra, tal y como lo hacen los grandes campeones cuando ven la línea de meta a su alcance y quieren robar unos segundos al cronómetro. Al dar las 17:00 horas todo el equipo paró su actividad. Los que tenían un pico o una pala, dejaron la herramienta en el suelo. Aquellos que estaban subidos en sus monstruosas máquinas apagaron sus motores para que el silencio recuperase su autoridad entre aquellas colinas. Los integrantes del equipo se miraron los unos a los otros, miraron a su alrededor y sus miradas terminaron posándose sobre la persona de Mario, quien los miró, observó su alrededor, y se preguntó para sí mismo – ¿a dónde hemos llegado? -.

En algunas ocasiones las personas nos embarcamos en iniciativas que desde el principio sabemos que son una vía muerta que no nos lleva a ningún sitio en concreto. No importa si estos proyectos son personales, profesionales o de cualquier otro tipo, lo único que sabemos es que nuestra intuición nos dice que no tiene muy claro el objetivo final de esa empresa. Aún así comenzamos a hacer tareas que nos roban tiempo y esfuerzo, cuando no también dinero, tal vez con el único objetivo de pasar el tiempo sin estar mirando a las musarañas.

Al final del día, cuando nos damos cuenta del fracaso de esa misión, nos damos de cabezazos contra la pared por haber sido tan estúpidos, por no haber hecho caso a aquellos detalles imperceptibles que nuestro cerebro captaba pero que nuestra razón intentaba dejar a un lado.

Las vías muertas existen y seguirán existiendo siempre y cuando nosotros queramos construirlas. Las razones para ello pueden ser muy diversas, y varían en función de cada persona y sus circunstancias. Lo importante de todo esto no es sólo darse cuenta de que hemos entrado en una empresa que es una vía muerta y no nos lleva a ningún sitio, sino también ser conscientes de lo que nos ha empujado a embarcarnos en esa empresa sin futuro, de nuevo.

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